CORNADA DE LOBO
Ni respires
DESPUÉS de cantar la palinodia navideña de la fortuna los críos de San Ildefonso, en este país unos pocos respiran y los demás, la inmensísima mayoría, suspiran. En ambos casos, hágase esa ventilación de pulmones con prudencia y, quien pueda, con filtros. Las bocanadas de hoy son de las que lentamente matan o corroen bronquios. Mueren en España por contaminación atmosférica tres veces más de gente que en las carreteras, pero a mí me prohiben fumar, mientras una fábrica rara que al lado tengo vomita al aire una peste impune que festonea el horizonte como alarde de progreso y desarrollo. Dios existe y es el agua y es el aire, así que quien se caga en el aire se está cagando en Dios, en el tuyo, en el oxígeno que te permite seguir viviendo o... muriendo. Así que me puse a hablar con el aire de mis latidos por informarle de que va preñado, que le están metiendo al cuerpo millones de toneladas de polvos, humos, gases y pedos negros como el que fabricó ese incendio inglés de depósitos de combustibles para viajar hasta nuestro litoral cantábrico, de la misma forma que los humos de las térmicas gallegas de As Pontes acaban llorando sus sulfuros de lluvia ácida sobre las Landas francesas que protestan para nada. Es tal la burrada de mierda que echamos al aire, que en ocasiones le pesan tanto las alas, que se tumba días y semanas sobre las grandes ciudades hasta que su olor corporal se hace espeso, irrespirable e intoxica. Jamás antes en toda la historia del planeta el aire fue sopa con tanto tropezón. Contaba aquí hace unos días las fumaradas negras de talleres, quemas de neumáticos o aceites que ilustran estos paisajes nuestros con total impunidad, pero en un bar de carretera se me acercó hace unos días un agente del Seprona y con una amabilidad y conocimiento que aquí subrayo rectificó mi aserto señalándome las múltiples denuncias que se hacen en estos casos, aunque hay quien libra. Y me habló de un hijo de puta que cobra a los talleres como gestor recogiéndoles sus neumáticos para después abandonarlos o quemarlos en cualquier monte. Por Villandangos y por ahí saben de él, de ese grandísimo cabrón que se está cagando contínuamente en nuestro Dios y siempre se pira de rositas en su arrebol de estafas y crímenes. Le he dicho a mi director que lo averigüe.