Diario de León
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VICTORIANO CRÉMER
León

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NO SÉ POR QUÉ, pero a mí me parece que el tiempo que damos en llamar de paz y para el mejor entendimiento de los hombres de buena voluntad en este mundo traidor, debiéramos llamarle tiempo para el perdón, por nuestros muchos pecados, por nuestras innumerables errores, por nuestro espíritu cainita. No acababa el Niño Jesús, que terminaríamos por entender como Niño-Dios de aparecer en las cálidas pajas del pesebrito de Belén, cuando ya las autoridades reinantes decretaban su busca y captura. Aquel infantil venía a turbar la paz romana y su titulación como Rey de los Judíos turbaba grandemente la línea de comportamiento de aquellos que en la tierra mandaban. Y así, hasta que, preguntado el pueblo a quién de los detenidos, Jesús o Barrabás, había de ser el sacrificado, el pueblo no lo dudó y gritó con todas sus fuerzas: «Libertad para Barrabás». Y así fue. Y el Justo fue inmolado. Y nadie, ni siquiera las fieles mujeres de Jerusalén pidieron perdón. Estamos hechos los seres humanos para pecar y no dejar huella. De modo que cuando se produce la injuria a un estado, como es el boliviano, por unos directores de opinión (la COPE) bajo la tutela de la Santa Iglesia Católica, tomando a broma a sus hombres importantes, rectores de la voluntad popular y convierte a un pueblo humilde y posiblemente fundamentalmente católico en motivo de burla, lo menos que cabe pedir a sus mantenedores es que se rindan ante el injuriado y le pidan perdón. La Conferencia Episcopal, tan sensible siempre a cualquier modo de agresión verbal, ha accedido protocolariamente a rendir ante el representante boliviano su testimonio de arrepentimiento, solicitando disculpas y -se supone- imponiendo el correctivo que corresponde al pecado a aquellos que han inferido tan grave insulto a un ser humano, tan digno de estimación y de respeto como el mismísimo Papa de Roma. Todo esto viene a cuento -que sí que viene- para poner de manifiesto lo que a los hombres nos cuesta pedir perdón. Y eso que ya el incrédulo Don Juan Tenorio, recibiría en sus últimos momentos la advertencia de que «un acto de contricción, da a un alma la salvación». Ni siquiera en este tiempo recién finalizado que decimos de paz total, los hombres perdonan. Para justificar esta actitud irrenunciable, suele decir en el momento más generoso: «Perdono a mis enemigos, pero nunca olvidaré lo que me hicieron». Y siguen odiando. La Santa Madre Iglesia a la que siempre se atuvo el pueblo español, ha venido perdonando últimamente muchísimos de los errores en que se ancló durante siglos, ante doctrinas, principios y figuras históricas que emitieron leyes fundamentales. Y pasaron siglos hasta que la Iglesia reconoció su equivocación. Los gobernantes no se desmienten nunca, y siguen engañándose y engañando a la ciudadanía hasta que, efectivamente, la muerte política, acaba con ellos. Cuando al famoso General Narváez («El Espadón de Loja») le instaba el sacerdote que le asistía en la confesión, a que en este trance sagrado perdonara a sus enemigos, el general respondió: -No puedo, padre. Les he matado a todos. 1397124194

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