Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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NO TENGO FE EN LA IDIOSINCRASIA de los pueblos. Ni en el "carácter nacional". Tampoco creo que entre el estado y el ciudadano exista instancia alguna, llámese esta pueblo, voluntad nacional o unidad de destino. Pero debo huir de estas frases severas y de solemnidad un tanto ridícula (como casi todas las solemnidades), para ir donde quiero: a recordar cómo esos tópicos acerca de la forma de ser de las colectividades todavía persisten, como reliquias de aldeanismo, en la provincia de León. Y ya raudo me voy al Bierzo, donde funcionan dos "concepciones del mundo", en apenas ocho kilómetros, y no va de broma la frase. La primera cosmovisión me lleva a Cacabelos, villa dinámica de cuyos vecinos se predica, con envidia, que son mercaderes muy despabilados. Según este tópico, en cada cacabelense hay un feriante. Un hombre de mundo, "un echado para adelante". A este tópico se añade otro, muy curioso: el que atañe a las mujeres de Cacabelos. Ya desde niño siempre escuché esa matización, cuando alguien hablaba de algún caballero: "su mujer es de Cacabelos". Y eso se subrayaba a remoto título de advertencia. Como si las mujeres de Cacabelos fueran particularmente prácticas, hábiles y listas. Una quintaesencia de la viveza comarcal. Pues bien, a ocho kilómetros de Cacabelos, tan cerca, surge, como rotunda antítesis, la melancólica identidad villafranquina. Villafranca aún es vista por el resto de los bercianos como un burgo medieval, poblado por poetas dolientes, por hidalgos de costumbres locas, por familias envueltas en brumas eternales, por hombres raros del caserón y el río. Esto que cuento parece un disparate -y lo es- pero su fondo clasificatorio, subsiste. Todavía Cacabelos es emblema de la bercianidad concreta y realista, al tiempo que Villafranca lo es de una bercianidad añorante y romántica. Y ahora tengo que decir algo terrible, pues sucede que yo mismo casi me convenzo con los argumentos que trato de combatir. Me he contaminado un poco. Por eso estuve a punto de afirmar que es posible que la bella Villafranca sea urbe de personas nostálgicas y escépticas, mientras que la pujante Cacabelos sea una villa de acrisolado pragmatismo. Pero no llegué tan lejos, frené a tiempo. Porque hay muchos cacabelenses que viven como villafranquinos -algo preso continúo en el tópico-, y viceversa. Asustado por mi confusión, me refugio en Ponferrada, ciudad que no es ajena a esos pequeños mitos minúsculos, en los que estuve a punto de caer, ya no sé si caí. Recordaré, eso sí, que cuando yo era adolescente tenía mucha vigencia la vulgar doctrina de que Ponferrada eran dos ciudades. La de Arriba, la ciudadela de origen templario-peregrino, y La Puebla, la zona baja donde vivíamos los ponferradinos "falsos"; los hijos de los forasteros. A mí este desvarío me interesaba mucho entonces (siempre me atrajo la sociología, incluso la fraudulenta) y trataba yo de encontrar razones para sostener que éramos diferentes los ponferradinos que vivían al oeste del puente de hierro de quienes se alojaban al naciente. Yo iba por ahí acopiando argumentos falaces, alegatos de pacotilla, caricaturas costumbristas... Iba creando mi arsenal de necedades separadoras. Y un día de aquellos años sesenta se produjo un hecho culminante. Fue así: hablaba yo en la peluquería con un señor del barrio, no sé como la conversación derivó hacia los contrastes étnicos entre ponferradinos de Arriba y de Abajo, y como me pareciera ducho aquel cliente, le pregunté, cándido y feliz a la par: -¿Y en qué se diferencian más los de Ponferrada de Arriba de nosotros? (Ojo, al "nosotros"). Y aquel hombre templado y suficiente, me respondió:

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