Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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DECÍA GUILLERMO DÍAZ PLAJA que los leoneses tenemos cierta elegancia en nuestras maneras porque aprendemos sobre estética al mirar la catedral, y mucho de cierto debe de haber en ello pues emana con la luz del día una belleza elegante y musical desde ese edificio dramático, levantado como para hacer frente a la tiranía del tiempo, enhiesto surtidor de sombra y sueño. Sí, hay edificios inspirados como la Catedral de León que con la luz diaria se vuelven más elocuentes que algunos libros, pero por la noche¿ El gótico nocturno, diabólico, vampírico, durante siglos instruyó a los hombres y mujeres en el respeto, el trascendente valor de las pesadillas y del temor de Dios -de hecho la grandeza de la catedral radicaba en ser un edificio admirable y sagrado de día, y una penumbra misteriosa y diabólica de noche capaz de recordarnos que existe la maldad, el infierno¿-. El gótico, en aquellos tiempos pasados y memorables en los que la noche promovía el amor y la delincuencia en la misma medida, era a la vez un catecismo y una escuela de seducción aprovechando la indefinición casi sobrenatural de la penumbra. Sin embargo cada vez es más difícil poder contemplar en la noche una catedral gótica tal y como fue concebida, así, fantasmal como los cuentos de Allan Poe o Bram Stocker. De hecho cada vez es más difícil volver del Barrio Húmedo a través de esas callejas intestinales del casco antiguo y poder contemplar, entre la oscuridad y la curiosidad, esa fachada romántica o terrorífica; los rosetones que parecen ojos de gigantes; esas torres en las que se ven duendes y gárgolas; los pórticos bajo cuya sombra se esconden hombres-lobo y otras bestias¿ Cada vez en la noche es más difícil ver una catedral gótica sin ese chorro de luz directa que más que iluminarla parece que la va a derretir. Es como si la belleza pura de la catedral se volviera impura de noche y eso incomodara a la jet-set, a los turistas y a los políticos, y que por tal motivo trataran de iluminar la catedral cada noche, e iluminar así también las partes más oscuras de nuestra alma que, aunque nos pese, ahí están. Y es que en nuestra desventurada alma no hay iluminación pública artificial: todos llevamos dentro esa contradicción, sí, todos tenemos en nuestro interior una artística y bella catedral diurna, y un sacrílego palacio de las sombras nocturno porque el ser humano gusta de esa lucha bipolar, como bien saben las religiones, la mitología, el fútbol y la política. Así, de día la catedral gótica nos eleva, nos amplía los horizontes estéticos, nos insufla elegancia y nos enseña que existe la belleza, y puede a veces ser creada por la mano del hombre. Sin embargo el gótico nocturno va directamente a nuestra imaginación, nos incomoda, nos sobrecoge, nos inspira y nos pone en contacto con lo misterioso al recordarnos la extraordinaria verdad de que nosotros, los seres humanos cuerdos, simplemente estamos a este lado del más allá. Tiene el gótico nocturno pues un poder esotérico, trágico, excitante que viene desde la noche de los tiempos y cuyo mensaje es diluido mediante esos alumbrados artificiales. ¿Por qué no la iluminan desde dentro con antorchas, por ejemplo? En medio de la misa negra de la noche la catedral, que podía haber sido un símbolo como el yin y el yan, con esas luces de Broadway o candilejas parece más bien un cuplé arquitectónico porque está iluminado con la luz que proporciona la frivolidad. Sí, posee el gótico nocturno cierto misticismo oscuro -cierta energía sobrenatural- que complementa al esteticismo elegante y preciosista del edificio a plena luz del día como elogio de los cimientos rotundamente bellos sobre los que los leoneses con orgullo historicista aún nos apoyamos¿ Digo.

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