CORNADA DE LOBO
Un cagapoquito
DE ZAMORA, la guapa sepultada por el crecimiento obseso y feote, vuelvo mascando palabritas. Me invitaron a dar una conferencia a profesores de literatura para hablar de recuperación en prensas y literaturas de viejos palabrarios y léxicos difuntos. Entendían que en estos apeos de lobos y cornadas vengo resucitando expresiones y modismos de la cazurrería hablada, así que de ello fui a largar. Y a reflexionar la cosa, ahora que se buscan desesperadamente lenguas gagás que no se mamaron para convertir por los pelos su palabra en patria, en bandera, en diferencia y en oposición al vecino. Lagarto, lagarto. «La tradición es la patria de los débiles», decía Maurice Ravel. Y de los imbéciles, añadió después. La palabra, por esencia, persigue hacerse entender lo más posible. Si no, pervierte su destino. Resucitar hablares herméticos, palabras en cifra arcaica, lengüinas o jergas de Cantalejo es reducir el entendimiento a un sospechoso «inter nos», como se hace en germanías y en calorro; es traición a la universalidad que exige el hombre. Les conté a los zamoranos los guirigays y guirilesbos que se montan en estos nortes por querer dar oficialidad a una lengua que nació rural, rodada de pueblo «malhablante» que corrompía latines y romances para alumbrar otro cantar y otra riqueza lingüística, y que difícilmente se adaptaría como lengua de uso a una conversación contemporánea, pues no hay vocabulario ad hoc y quedaría la cosa prieta de esfínteres y con esa risa no disimulada con que vemos la Guerra de las Galaxias doblada al gallego. Del palabrario viejo hay que resucitar todo lo que pueda revivir y enriquecer, pero inventarse una estructura lingüística para pintarse una patria, un trapo y un desprecio al otro es necedad de cagapoquito y delata complejos, que los hay aquí y sobran, incluso modorrines que violentan su buje cerebral para escribir forzadísimos en un ¿leonés? que ni mamaron ni Cristo entiende. Su desgracia es que cuando piensan o sueñan lo tienen que hacer en castellano. Pero Concha Casado (ay, esta Conchita, me decía Caro Baroja cuando le monté su exposición de indumentaria) nos hará saber su criterio de filóloga sobre lo cierto, oportuno o inconveniente de apretar en redil el leonés y pretender oficializarlo, cooficializarlo y colocar a sus sacristanes con sueldo público.