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ANTES, mucho antes, aunque no tanto, en tiempos cuaresmales iban por esos pueblos que Dios olvida frailes de dos en dos llamados por párrocos y arcedianos a celebrar misiones doctrinales y penitenciales con sermones en cestos, confesiones generales y comuniones floridas, tras enseñar antes las llamas del infierno en una encendida prédica que caída verticalmente desde el alto púlpito sobre la crisma catecúmena y la mollera carbonera de una feligresía atormentada por las ánimas en pena que morían en pecado mortal... acúsate, hermano, de tus ofensas, cada una de las cuales es martillazo con saña que das sobre los clavos de Cristo, arrodíllate y confiesa... Después, al concluir aquellas misiones, iban todos procesionando y cantando el «perdona a tu pueblo, Señor» (eternamente enojado, se dice, qué barbaridad) a plantar o pinar una visible cruz conmemorativa en la cerra más elevada del pueblo o altozano próximo y, si no lo hubiere, la estampaban contra los muros del templo, en hastiales o ábsides para incordiar a la rapacería que usara el paredón sagrado jugando a ese frontón pelotero que siempre exasperaba a un párroco metido en carreras con la sotana remangada. Acúsate, hermano... Ya, ¿y por qué no empieza acusándose ese que es de Marbella la guarra o de Sariegos?... Pues entonces acusémonos todos. Ya, pero ¿de uno mismo... o al otro? La acusación confesada queda presa en el sigilo de un confesionario al que los descreídos llamaban quiosco. Y eso no es confesar, sino empapelar o escabechar los delitos con silencio sagrado y blindado, de manera que lo que va procediendo es dejarse de secretos y acusarse... entre todos, coram pópuli, todos contra todos, a ver si de esta forma sale a la luz lo que las alcantarillas guardan absolviendo o ennobleciendo al delincuente, o sea, al pecador de la pradera, del solar, de la prevaricación o del enchufe. Todos, que la corrupción no es sólo cuestión de tamaño, Olvídese el «perdona a tu pueblo», que no procede, para ensayar un nuevo himno universal que nos delate. Valga al efecto ese tan conocido y proclámese: «Arriba parias del cohecho, en pie famélico trincón; atruene la razón en marcha, es el fin de la exclusión»... y, al estribillo, «acusémonos todos en la lucha (o juicio) final; y griten los pueblos... ¡viva el berenjenal!».

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