LITURGIA DOMINICAL
Del reproche al aliento
«SI QUIERE, un hombre vivo puede morir por no reprochar a su hermano». Ese es uno de los apotegmas más bellos de los Padres del desierto. Eran hombres que anhelaban la limpieza de corazón. En el retiro y la oración buscaban la humildad. Y se esforzaban por mostrar amor a los otros ermitaños que habían elegido la soledad. «Morir por no reprochar a su hermano». Parece sencillo. Y, sin embargo, es todo un ideal de vida. Un ideal heroico en medio de un mundo encrespado de acusaciones. Reproches que se cruzan en el hogar, en el puesto de trabajo, en la política, en los medios de comunicación. Y, por último, contra la Iglesia y aun en el seno de la Iglesia. En realidad sólo podría reprochar a su hermano quien se supiera libre de culpa. Pero no es así. La experiencia antigua y la moderna psicología nos dicen que quien más reprocha a sus hermanos es siempre el más culpable. Por un curioso fenómeno de proyección subrayamos en los demás las faltas que más nos afean a nosotros mismos. Así que el reprochador se retrata sin saberlo. Tocar como los ciegos T odo esto viene a cuento del encuentro de Jesús con el apóstol Tomás. No estaba presente cuando el Señor resucitado se apareció a los discípulos. Él se negó a creer que hubiera resucitado. Deseaba comprobar con sus manos las llagas del aparecido. Con sus manos y sus dedos. Cuando Jesús volvió a aparecerse, se dirigió a él y le dijo: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27). Aquello no era un reproche. Era un gesto de aliento. Era el más fino de los métodos pedagógicos. Era el acompañamiento personal del Maestro al más difícil de sus discípulos. Era la propuesta renovada del ideal de la fe. Jesús había muerto por no reprochar a sus hermanos. Ahora el Maestro se convertía a sí mismo en libro de lectura para que Tomas lo tocara con sus manos, como el ciego que lee los relieves. Como solía hacer en su vida mortal, el Cristo resucitado se abaja al nivel de los que no acaban de aprender la lección más elemental: la de creer en el que entrega su vida por los suyos. Y confiar en lo invisible El diálogo se cierra con dos frases estupendas, pronunciadas por el discípulo y por el Maestro: ¿ «Señor mío y Dios mío». Así exclama el discípulo que ha comprobado al fin la realidad de la resurrección. El que ha superado las dudas y el orgullo de dudar de su Maestro. El que ha sido capaz de identificar al resucitado con el crucificado. El que había aceptado la cruz del que había de morir y al fin se ve invadido por la luz del que vive para siempre. ¿ «Dichosos los que crean sin haber visto». Y así exclama el Maestro. Él había felicitado a los pobres y los mansos, los que lloran y los que hambrean la justicia, los misericordiosos y los limpios de corazón, los promotores de la paz y los perseguidos por mantenerse fieles al ideal de la santidad. Con esta bienaventuranza final las resumía todas. Son felices los que creen, los que ponen su confianza en lo invisible. - Señor Jesús, que no reprochas a quien te busca con sincero corazón, acepta el homenaje de nuestra fe y ayúdanos a creer en ti con sinceridad y coherencia. Amén.