El paisanaje
Dos tazas
HOY ES el Día de Castilla y León y, como cae en domingo, mañana tampoco trabajamos, lo que no deja de ser un detalle de la Junta muy agradecido. Otra cosa que celebrar no hay y, si hubiera caído en martes y trece, daría lo mismo. Cuando se inventaron las autonomías, allá en los aún no tan lejanos tiempos de la transición, se dijo que eran para acercar la administración al pueblo, gastar más racionalmente los recursos públicos, porque a los burócratas de Madrid se la soplaban los impuestos de provincias, y que se iba a ahorrar la tira de tiempo en la cola de las ventanillas oficiales para echar una instancia. La realidad, sin embargo, ha sido muy otra. Antes querías abrir un pequeño negocio, pongamos que una churrería en Trobajo de Arriba, e ibas al ayuntamiento, te daban la licencia, medían la chimenea los ingenieros de la delegación del Ministerio de Industria y, salvo que toparas con uno del Opus con muchos humos o recién quitado del vicio del tabaco -los peores- el negocio salía adelante más o menos churro, pero salía. Ahora, por el contrario, va el churrero con las sartenes relucientes como una patena o el Estatut, allí lo mandan a la Delegación Territorial de la Junta, la cual remite el expediente por triplicado a Valladolid, donde, si tiene suerte y se ponen de acuerdo las consejerías de Agricultura (harinas y aceites), el Sacil (colesterol) y la de Industria (negociado de recalentados), puede que al final se pueda inaugurar la churrería hasta con una subvención del Miner, si es en Cistierna. O no, porque siempre puede chafarte el negocio la ministra Narbona exigiendo un sacahumos de penútima generación. Y, si en vez de una fábrica de churros, alguien pide permiso para una estación de esquí en San Glorio, a mayores de la Junta, el Principado, los de Cantabria, las tres diputaciones, el oso Yogui y los de Green Peace, también es probable que termine pillándote en bragas la ministra de Medio Ambiente. De eso sabe algo el alcalde de Boca de Huérgano. Con la perspectiva que dan veintitantos años el invento de las autonomías puede resumirse así. Primero, Arzallus y Pujol le dijeron a Martín Villa: «queremos dos, una para éste y otra para mí». A lo que respondió el del Páramo: «vale, café para todos y yo pongo quince más». Eso fue todo y así nacieron Castilla y León, Bono, Andalucía y Chaves, La Rioja, Cantabria, etcétera. Hasta Ceuta y Melilla pasaron de ser las «plazas fuertes» de cuando fuimos a la mili a ciudades autónomas como un Hong-Kong en miniatura. Ahora, si no quieres caldo, dos tazas. Del café para todos de Martín Villa estamos pasando al carajillo del también paisano Zapatero, según el cual todos somos una nación por el hecho, lo más natural, haber nacido y el que no se queda en tonto de pueblo. El PSOE ha dado orden a toda su tropa de que en las comunidades autónomas revisen los estatutos declarándose «realidad nacional» para envolver en celofanes los churros de Cataluña y el País Vasco y que no escurra la grasa mugre nacionalista. En las autonomías del PP, por su parte, como en Valencia, se suman a la carrera al grito de maricón el último. Cuando la transición decían los de UCD que Felipe González y Alfonso Guerra eran un par de trileros, los cuales calificaban, a su vez, a Adolfo Suárez de tahúr del Missisipi. Gente, en fin, con estilo. Ahora también las cartas llegan marcadas, pero ya están muy vistas. Más café para todos en la gran barra libre nacional. Removiendo los últimos posos del café de aquí -León solo, cortado con Castilla o vaya usted a saber con qué leches de Zamora y Salamanca- le da a más de uno en el paladar un sabor amargo. ¿Es León una nación? Ni de coña, si acaso los de Benavides, que son todos familia numerosa y ninguna baja de diez, según constaba ya en los premios de natalidad de cuando Franco. ¿Y, si no, cómo se come? Ahí se juntan el hambre de media España y las ganas de comer de vascos y catalanes, que no quieren abrir la bolsa salvo para inflarla con gas natural (opa a Endesa y las hipotecas de caixas y bancos de doble nombre euskaldún. De lo que se deduce que Maragall e Ibarretxe sí, pero el dinero no tiene patria. En el Estatut se han plasmado cosas tan claras como que todo lo que se recaude allí es para la Generalitat y el resto para que el Estado lo reinvierta, también allí mismo en proporción a los impuestos que graciosamente recaude a mayores el ministro Solbes. Ésta es la madre del cordero de los nuevos estatutos de autonomía que ahora se quieren clonar del catalán, como la oveja Dolly. Mucha nación y tal y cual, pero acabaremos igual que Dolly: diciendo a todo beee y sin la madre que nos parió para amamantarnos. Porque unos pocos nos van a dejar sin leche. Los muy mamones.