Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HOY ES EL DÍA del libro, todos los días lo son. Porque los libros son, acaso, el invento más útil de la humanidad. No me imagino una vida sin libros. Sería una pesadilla de olvido y zafiedad. No es posible llegar a «ser lo que somos», esa máxima griega de eterna actualidad, sin el contacto con los libros. Sin su apertura. Quienes no frecuentan los libros no saben lo que se pierden. Porque los libros nos colocan en el mundo. Desarrollan nuestra sensibilidad, actualizan el misterio de vivir y de soñar. Los libros, en particular la literatura -poesía, narrativa, ensayo...- reproducen y recrean la vida. Fruto de la memoria, de la imaginación, del lenguaje, de la imprescindible rebeldía, los libros nos llevan a uno de los paraísos posibles de nuestra existencia. Ahora bien, es muy difícil frecuentar la literatura si uno no se acercó a ella en la infancia, en la adolescencia. Por eso, todo esfuerzo público o privado será poco para involucrar a los ciudadanos en la lectura. Los libros exigen un pequeño esfuerzo. Un acto de la voluntad más resuelto y meditado que aquel que nos lleva a apoltronarnos delante de un televisor o de un juego electrónico. En este día del libro, recuerdo el entorno que favoreció mi afición por la literatura. En mi caso, como en el de tantos, fue decisiva la biblioteca paterna. Allí sentí la fascinación de leer sus títulos y también los nombres de sus autores, para mí mágicos. Recuerdo en particular al historiador Toynbee, muy querido de mi padre. Y a Tolstoi. Ya después, en el colegio, este interés fue moldeado por profesores que amaban la literatura y que sabían prender muy bien esa pasión en nosotros. En mi caso, José Antonio Carro Celada, tan prematuramente fallecido el verano pasado. Y un profesor del Aliste llamado don Gregorio Rodríguez. Ellos sentían el placer de la palabra escrita. Recuerdo también, a los libreros de mis años inaugurales como lector. Libreros de Ponferrada de los primeros años setenta. La ciudad era poco lectora, no sé si las cosas cambiaron mucho. Allí predominaba el anhelo por ganar dinero y la evasión discotequera. Todo muy burdo y simple. Pero perduraban unos pocos faros en medio de la niebla: las librerías. Yo iba por allí, me hacían descuento. La mejor librería de la ciudad entonces era Arriba y Castro. Yo contemplaba las novedades con gran avidez. Y vagabundeaba dichoso por los anaqueles de los libros de fondo. Me pasaba horas y siempre encontraba algo que me interesaba. Una puerta más hacia el pasado y hacia la lejanía. Hacia el presente y hacia uno mismo. Es el milagro de la literatura. El diálogo con los muertos de que hablaba Quevedo. La literatura es un infinito. Borges lo contó muy bien. La literatura se pega a los anhelos del hombre, a su dolor, a sus experiencias y dudas. La literatura es la capa de ozono que nos protege de la barbarie ambiente. La literatura nos lleva al corazón de nosotros mismos, a ese estadio del que puede emanar la revolución interior, en la que tanto creo. Un libro puede cambiar una vida. Y debe. Los grandes libros clásicos, los que mejor desentrañan e intuyen la condición humana, son luces que nos dan calor. Incluso en los momentos más desolados y atroces. Incluso, también, cuando la muerte se acerca. Porque los libros siempre son vida. Uno, en fin, ya tiene sus años, su perspectiva. Y sabe muy bien que ha sido construido, en lo más íntimo y crucial, por el amor, claro, como todos; pero también por los libros. Siento que el resto de los estímulos tienen un sabor más precario, más prescindible. Amor y literatura son el líquido amniótico del que nunca quiero salir. Y no salgo. Porque siento que ahí dentro está todo.

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