CRÉMER CONTRA CRÉMER
Acoso sexual
SE DEBE ENTENDER que lo de «acoso sexual» se refiere a las acometidas que el macho ensaya contra la hembra solícita y galante. Nunca, que se sepa, se conoce un estado de ánimo como el que actualmente padece la especie de simios humanos que pueblan nuestros centros de trabajo y lugares adecuados, en el cual los acosados sean los varones por las hembras insaciables y crueles. Éste es un síntoma que convendría aclarar debidamente a fin de saber con quien nos jugamos los euros y a quién ponemos la mano en el pecho, como el caballero del egregio pintor. Según las estadísticas mucho más fiables que aquellas que se especializan en conocer el grado de sumisión electoral que es capaz de forjar el inventor de turbo de partidos políticos, el 15 % de las mujeres dedicadas a trabajar para ganarse el pan de cada día sin necesidad de permitir manoseos ni sugestiones eróticas, son víctimas de abuso o de acoso sexual durante los horarios de trabajo. Y esto es doblemente grave: primero porque trabajar, ni siquiera cantando, es motivo de alegría disparatada. El trabajo, digan lo que quieran los que no dan una en el yunque, ni es una virtud, ni ennoblece ni por supuesto sirve para enriquecerse como un concejal de Marbella. El trabajo, irrita, fatiga y enerva, o sea que le pone al trabajador de mala leche cada vez que piensa que tiene que abandonar el dulce lecho para enredarse de nuevo en el juego del trabajo. De modo que si la trabajadora es una señora, mal pagada hasta la extorsión, y además amenazada de tocamientos deshonestos o de encuentros en los pasillos sin luz, entonces el trabajo es doblemente enojoso. Y por supuesto nada envidiable. Si a este estado de cosas y de circunstancias que suele tocar a la muchacha de florecidos encantamientos un compañero de faena, sobón y encontradizo, entonces es como para mear y no echar gota. Y lo peor es que en España, en esta España nuestra y de Mari Trini, tan apostólica y romana, el fenómeno del acoso y abuso sexual por parte del compañero tiende a extenderse y llegar incluso a constituirse en un motivo de preferencia por parte de algunos patronos, para los cuales la ley laboral no impide ni mucho menos que sea necesario imponer en sus relaciones laborales con chicos y chicas los mismos comportamientos de respeto y de estimación a los unos que a las otras; tendremos entonces, en tan alarmante exposición de causas, una de las más degradantes: Porque no hay nada que más rebaje la condición humana que el requerimiento amoroso a lo traidor y la imposición de favores por hambre. Hubo y aún hay, según se murmura, un tiempo en el que la mujer, cansada de resistir las acometidas del mono selvático que le ha tocado como compañero, se entregaba a la desesperación clamado: «Ya que me lleve el diablo, que me lleve en coche». Pero fueron aquellos tiempos que suciamente pasaron. ¿Y no volverán?