Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SOSPECHO QUE para saber lo que es una cárcel, lo que supone estar en ella y atenerse a su rígida disciplina, no es bastante con leer historias o haber escuchado alguna vez aquella misericordiosa solicitud que en algunos recintos parcelarios aparecía en las paredes: «Odia el delito y compadece al delincuente». Lo que no se aclaraba era la razón, o las razones múltiples por las cuales el recluso había de ser objeto principal de nuestra misericordia. A mí personalmente siempre me ha parecido que el tormento principal que cabe aplicar en un centro de retención humana, es precisamente la limitación de los espacios. El preso, siempre, en todos los momentos y por razones obvias se siente acorralado, sujeto, limitado, inútil en su condición de animal bípedo. ¿Andar para qué, si le falta lugar para desenvolverse, incluso con la libertad oficial establecida por las leyes? El sentimiento de recluido y por tanto de víctima de una serie de condicionamientos que le tienen sometido a espacios y reglas que le recortan humanamente, sentimiento doloroso que solamente se da en el encarcelado. El religioso en su rincón, en su soledad mística, en su escondida senda, que diría el poeta, no siente esa dramática angustia porque su encerramiento es un acto libre, personal y específicamente diseñado para el acogimiento, no para la clausura, aunque lo fuera, del recluso seglar sometido a normas de conducta y de vida derivadas de unos códigos que establecen esta clase de compensaciones o de castigos ejemplarizantes. Bueno, pues con estas y con todas las filosofías que se quieran argumentar, hay que convenir en que las cárceles, los encarcelamientos, todas las cárceles, todos los encarcelados suponen una forma de perversidad humana, aunque sancionada por la ley. En España, en León, según las informaciones que aparecen en los periódicos locales, esta congoja por la falta de espacios para el desarrollo de condenas en la cárcel, no sé si modelo o no, de Mansilla de las Mulas, sobran presos, la población penal sobrepasa, con mucho el número establecido por los arquitectos y estadistas para acoger a sus penitentes. El centro, explican los noticieros, cuenta con 1.008 celdas funcionales, en las cuales se alojan cerca de quinientos presos más de los previstos. Y es claro que esta abundancia humana limita los espacios e impide que los presos puedan aprovechar los medios de redención que el sistema puede proporcionar. Todos estos datos, expuestos así, como un motivo informativo curioso, resulta sin embargo en la realidad una ocasión de desolación y de desesperación. Se supone que los estados, por muy severos que sean, en su manejo de la delincuencia, intentarán ofrecer a sus internos todas aquellas comodidades que en ningún momento reducen su condición humana, «portadora de valores eternos», que se decía con unción en tiempos del carcelero nacional del Ferrol, pero no basta con la creación de frases teológicas ni con elaboraciones jurídico-verbales de resonancia. A los hombres hay que tratarles como tales y hacinados los hombres pierden su condición de tales.

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