LITURGIA DOMINICAL
Cuando el techo se rompe
«EL mundo brilla de alegría. Se renueva la faz de la tierra. Esta es la hora en que rompe el Espíritu el techo de la tierra y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende, alegra las entrañas del mundo». Esos versos de José Luis Blanco Vega, convertidos en himno de Laudes, nos invitan a celebrar la fiesta de Pentecostés. Y nos impulsan a revisar esa rutina que nos aburre, nos cansa y desilusiona. La rotura del techo de la tierra nos recuerda la presencia del Espíritu en el bautismo de Jesús. La lengua de fuego nos evoca la experiencia de los apóstoles que recibieron la fuerza del Espíritu en el cenáculo de Jerusalén al que se habían retirado. Los versos describen la fuerza actual del Espíritu. Purificar y limpiar nuestra sociedad y nuestro interior. Renovar las energías abatidas y las esperanzas mortecinas. Encender la antorcha de la fe. Alegrar el corazón del mundo con el gozo que sólo puede brotar del amor. He ahí nuestras carencias y las cuatro grandes tareas del Espíritu de Dios. Nunca ausente En este domingo de Pentecostés celebramos la llegada del Espíritu prometido por Jesús sobre María y los apóstoles. Aquella fuerza les dio la vuelta como a un guante, como escribió José Luis Martín Descalzo. De cobardes los hizo valerosos. De incrédulos, creyentes. De asustados los hizo atrevidos y arriesgados. Sin embargo, el Espíritu de Dios nunca había estado ausente en el mundo. Había estado presente en la creación. Y había hablado por los profetas: los conocidos y los desconocidos. En el documento conciliar sobre las misiones se encuentra una frase que habría que meditar con más frecuencia: «El Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre» (AG 4). Eso significa que nadie puede monopolizar al Espíritu Santo. Dondequiera que surgen deseos de bien y de paz, de justicia y de amor, allí está de alguna manera el Espíritu de Dios, aunque no sea reconocido. Fuente de consuelo Sin embargo, Jesús, que había sido guiado por el Espíritu a lo largo de su vida, lo entregó a sus apóstoles una vez resucitado: ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Aquel don pascual se dirigía a los que lo habían seguido al Maestro por los caminos de Galilea. A los que Él había llamado por su nombre, aunque, al final, lo habían abandonado a su suerte y a su muerte. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Aquel regalo se ofrece todavía en nuestro tiempo con generosa gratuidad. Y se destina hoy a todos los discípulos que malvivimos nuestra fe, como si se tratara de un peso que nos aplasta y nos roba libertad. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Aquella entrega se repite a lo largo de los siglos, dentro y fuera de la Iglesia visible. Él está presente siempre que los hombres y mujeres aceptan ponerse en camino hacia las metas que Jesús anunciaba y prometía. - «Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Amén».