Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ME LO REPETÍA mi buena tía de Laguna: «Todos somos ilegales, galán. Aquí en este mundo que nos ha tocado vivir, somos ilegales desde que nacemos y necesitamos de otros para subsistir». En las sociedades modernas es ilegal todo aquel que tiene que depender del prójimo para resistir los contratiempos de la comunidad a la que pertenece y solamente cuando el recién incorporado al común de vecinos consigue una liberación económica puede alardear de legalidad. Lo legal es sencillamente lo establecido por las fuerzas dominantes y equivale a obediencia. La obediencia debida que se concede a título de ser civilizado, no es en suma sino la servidumbre a la cual está obligado todo aquel ser humano que no ha conseguido escalar la cúspide social y se ha quedado en la zona de los bien mandados. Ahora se le llama «Ilegal» a todo aquel que, empujado por la necesidad acomete la tremenda aventura de cruzar territorios, dominar mares y escalar montes borrascosos para poder vivir. Para comer, sencillamente. El ser humano -y el español con preferencia a todos los demás- ha sido siempre y sigue siéndolo, un animal emigratorio. Desde sus orígenes se anota la presencia de pueblos ilegales que asaltan las costas peninsulares y que se instalan en los territorios del desembarco, lo quieran o no lo quieran los habitadores originales. Fuimos y somos cerne de ilegales. Y también, como estos otros de los cayucos y de las pateras, estamos sometidos a las leyes, a las exigencias de aquellos que ostentan la legitimidad de su nacimiento o de su conquista. Estamos precisamente en el tiempo de las emigraciones y es obvio reseñar que todos cuantos emprenden esta desventura son ilegales. España, aun con el espíritu solidario que caracteriza a todos sus habitantes, se ve sometida al fragor de las inmigraciones: hombres, mujeres, niños, gente de un color y de otro, mediante el uso de cualquier medio de transporte, de servidumbre y de todo tipo de sacrificio, asaltan los riscos, badean los ríos y culminan los montes, con la esperanza de encontrar al otro lado de las fronteras legales, un puesto a la lumbre y un lunes al sol. Sin que ¡ay! Puedan lograrlo todos, porque todos no cabemos, porque todos somos multitudes, porque todos somos ilegales. Y los pueblos, España entre los más desconcertados del planeta, viven en perpetua alarma, porque no hay sitio para todos y es perfectamente legal defender el patrimonio precisamente para no vernos en el dramático trance de renovar de nuevo las masas emigrantes. Y no sabemos cómo hacerlo. Y pedimos auxilio a los vecinos para que nos ayuden en la tarea imprescindible de descongestionar la tensión de la emigración. Hay algunos pueblos que utilizan, para evitar esta obligación de solidaridad, el sencillo sistema de cerrar todas las puertas, de intentar poner puertas al mar, pero al no ser esto posible, levantan murallas o se disponen a establecer ejércitos armados para evitar invasiones. Se nos llena la casa de ilegales, mientras el gobierno, los responsables de la seguridad nacional dedican sus atenciones al trapicheo electoral. ¡Coño, qué tropa!

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