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LUIS ARTIGUE
León

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«LA POLÍTICA ES LA LUCHA por la existencia» escribió una vez Walance Stevens. Ya, ¿pero por la existencia de quién, la del político o la mía? Desde luego para mí la política sigue siendo una actividad pública extraordinariamente misteriosa. Por ejemplo pongamos la entrevista que esta semana, en el telediario de Cuatro, le ha hecho Iñaki Gabilondo a Mariano Rajoy. ¡Lo que tiene que sufrir ese hombre! Ese hombre como muñeco de ventrílocuo al que le tienen prohibido aparentar que duda. Ese hombre todo él animal político que tiene que negar la evidencia así, con la impavidez del mármol, sin ni siquiera el pequeño desahogo de pestañear. ¿Si usted hubiera sido el presidente del Gobierno entonces también hubiera ido a Las Azores? Sí porque por allí hace muy buen tiempo. ¿Si usted hubiera sido el presidente del Gobierno entonces también nos hubiera llevado a la guerra a pesar de la oposición de gran parte de los españoles? Los españoles no se oponían¿ La lucha por la existencia nos lleva a hacer cosas extremas que acaso nunca hubiéramos imaginado. Miren sino a los senegaleses arriesgando la vida al navegar hacia Canarias metidos en sobres de sopa o algo así. La lucha por la existencia a los humanos mortales nos vuelve hombres de acción desesperada, pero la desesperación del político es una desesperación maquinal, casi un deje lingüístico, y por eso apenas si se nota. Así la desesperación de Rajoy, acosado por su Partido y necesitado de una victoria electoral para no volver políticamente a la segunda fila. Sí, Mariano Rajoy, porque sabe que está en las últimas pero todavía puede salvarse, hace política aunque, bien mirado, en realidad lucha por su propia existencia. E invita a la perspicacia. Y es que la desesperación de Mariano Rajoy no se percibe en su peinado anticuado, ni en sus modos de buen hombre, ni en esa sonrisa gallega de quien las mata callando, sino en todas las cosas que no quiere hacer y hace como por ejemplo dejarse entrevistar por Iñaki Gabilondo, y las cosas que no quiere decir y dice como que en España estábamos encantados con la guerra de Iraq. Es increíble la habilidad de Rajoy para no contestar a nada de lo que se le pregunta. Yo no hubiera llevado a España a la guerra ni a la paz sino todo lo contrario; yo no regularizaría a los inmigrantes ilegales ni los dejaría de regularizar sino pin pan pum fuego de mechero y pásame la bola manola que no me gusta que juegues sola. Supongo que la lucha por la existencia es también esto de salir por televisión aquí estoy porque ha venido preguntes lo que preguntes yo digo lo que quiero venga a cuento o no venga y la culpa es del Gobierno. De hecho por eso, porque luchan por su privilegiada existencia, los políticos se enzarzan en discusiones metafísicas que tienen poco que ver con las preocupaciones diarias de los hombres mortales y encima tratan de radicalizar las posturas y de que nos vaya la vida en nuestras posiciones. ¿Se siente usted más español que catalán o más catalán que español o más leonés que castellano o más castellano que leonés? Pues mire usted yo me siento más parado que empleado, y más hipotecado que propietario, y más rodeado de delincuencia que protegido, y más prometido que cumplido y por ahí todo seguido. Asombra comprobar como en política las palabras no significan ni lo que significan. Miren sino a Mariano Rajoy en las entrevistas con seguridad de capitán de cayuco donde hay patrón no manda marinero diciendo sí y no al mismo tiempo, diciendo bien y mal al mismo tiempo, diciendo tierra a la vista aunque estemos todos apunto de estrellarnos contra el faro. Al pobre Rajoy, que en las entrevistas pone tanta cara de pena, tras todo lo que dice se vislumbra que le queda un año. El año escaso que resta hasta las próximas elecciones.

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