CRÉMER CONTRA CRÉMER
¡Gracias, pero no!
EN ALGUNO DE los medios de información que enriquecen nuestra formación regional, se dice que el excelentísimo Ayuntamiento de la capital, juntamente con algún organismo y centros atentos a los datos de la cultura local, pretende concederme el honor de un homenaje, para el cual se han requerido colaboraciones muy valiosas y sobre todo generosas. Porque, dígase lo que se quiera, no es León precisamente pueblo tan contradictorio y confundidor que haga sus hombres y les abandone absolutamente olvidados. Y la noticia me ha sobresaltado, porque, a mis alturas cronológicas ya no estoy para festejos de tanta resonancia y porque, sinceramente creo que no debo aceptarlo porque estoy convencido de que León, afortunadamente puede y hasta debe contar con muchos personajes bien dotados y con merecimientos suficientes como para convertir en indispensable un reconocimiento como el que al parecer se pretende montar en homenaje de un vecino humilde o no tan humilde y errante como el que suscribe, cuyo único mérito, si a esto se le puede atribuir la calificación, es el de hacer versos de vez en cuando, cuando se me altera la sangre y me remuerde la conciencia. Estoy a punto de inscribir el número cien entre los años que sirven para contabilizar mi biografía, y a esta edad, salvo excepciones que confirman la regla, el ser humano no está ya para saraos ni festivales, sino para reposar y acogerse a la defensa que los buenos recuerdos le proporcionen, lamentando, con lágrimas de sangre, aquellos trances de los cuales ha sido más o menos víctima propiciatoria. A estos niveles de la vida que me ha sido concedida doy gracias, a quien corresponda por que con sus ayudas y generosidades haya podido culminar mi discutible tarea literaria y me pueda retirar, desnudo, como los hijos de la mar, sin que nada, absolutamente nada, me obligue al arrepentimiento. No tengo nada de que arrepentirme ni debo nada a nadie. Como diría Machado, me gano lo que me alimenta y me gano a pulso y con sudor del alma lo que al final de la carrera conservo. Y es ahora precisamente, cuando me faltan aquellos ímpetus y golpes de sangre que hicieron de mí un trabajador incansable, es ahora precisamente, cuando necesitaría disponer de mayores caudales de ilusión y de coraje para poder seguir la ruta hasta el final que me sea destinado y para el cual me encuentro preparado. ¡Permitidme, por todo ello y por lo que me reservo, que me encierre en mis recuerdos y esquive cualquier forma de sacarme de la costumbre! Pero no cumpliría con mi obligación de bien nacido si no dejara constancia de mi gratitud a todos cuantos habéis pensado en establecerme entre vuestros amigos más entrañables. Gracias por vuestra atención y por vuestra generosidad, pero no, por favor, libradme de mí mismo! Soy solamente aquel del que dijera Gerardo Diego: «Guarecido en Puertamoneda / o liberto al sol de la plaza / forja, esculpe, talabartea, / batihoja, repuja, trabaja...». Cien años Así que pasen cien años/ comenzaré a morir lentamente/ como muere la luz de cada día,/ sin volver la vista atrás ni revolver los archivos:/ (Cada vez que se me ocurre/ retroceder en el tiempo/ y fijar la película, me asaltan/ figuras extrañas, garabatos/ de doloroso patetismo)./ Es algo que les ocurre a todos,/ sean blancos o negros, legos/ o doctorados. Se muere solamente de una vez y para siempre, abanderando/ cuanto tenemos conquistado/ a corazón partido: esposa,/ hijos, bienes y papeles/ con nuestro nombre y número/ de salida./ Depositamos/ los viejos vestidos a la entrada/ del último túnel y desnudos/ acudimos a la cita./ Preguntarán/ Los memorialistas del aire:/ «Qué fue de aquel que intentara/ cambiar el mundo, verso a verso?/ Cesó un día cualquiera de un mes,/ arrastrado por caballos de plomo/ y fue olvidado;/ como manda la Santa Madre Iglesia/ y decretan los tiernos alacranes./ ¡Y ustedes perdonen/ si me muero sin avisar!