Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

¡Gracias, pero no!

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

Creado:

Actualizado:

EN ALGUNO DE los medios de información que enriquecen nuestra formación regional, se dice que el excelentísimo Ayuntamiento de la capital, juntamente con algún organismo y centros atentos a los datos de la cultura local, pretende concederme el honor de un homenaje, para el cual se han requerido colaboraciones muy valiosas y sobre todo generosas. Porque, dígase lo que se quiera, no es León precisamente pueblo tan contradictorio y confundidor que haga sus hombres y les abandone absolutamente olvidados. Y la noticia me ha sobresaltado, porque, a mis alturas cronológicas ya no estoy para festejos de tanta resonancia y porque, sinceramente creo que no debo aceptarlo porque estoy convencido de que León, afortunadamente puede y hasta debe contar con muchos personajes bien dotados y con merecimientos suficientes como para convertir en indispensable un reconocimiento como el que al parecer se pretende montar en homenaje de un vecino humilde o no tan humilde y errante como el que suscribe, cuyo único mérito, si a esto se le puede atribuir la calificación, es el de hacer versos de vez en cuando, cuando se me altera la sangre y me remuerde la conciencia. Estoy a punto de inscribir el número cien entre los años que sirven para contabilizar mi biografía, y a esta edad, salvo excepciones que confirman la regla, el ser humano no está ya para saraos ni festivales, sino para reposar y acogerse a la defensa que los buenos recuerdos le proporcionen, lamentando, con lágrimas de sangre, aquellos trances de los cuales ha sido más o menos víctima propiciatoria. A estos niveles de la vida que me ha sido concedida doy gracias, a quien corresponda por que con sus ayudas y generosidades haya podido culminar mi discutible tarea literaria y me pueda retirar, desnudo, como los hijos de la mar, sin que nada, absolutamente nada, me obligue al arrepentimiento. No tengo nada de que arrepentirme ni debo nada a nadie. Como diría Machado, me gano lo que me alimenta y me gano a pulso y con sudor del alma lo que al final de la carrera conservo. Y es ahora precisamente, cuando me faltan aquellos ímpetus y golpes de sangre que hicieron de mí un trabajador incansable, es ahora precisamente, cuando necesitaría disponer de mayores caudales de ilusión y de coraje para poder seguir la ruta hasta el final que me sea destinado y para el cual me encuentro preparado. ¡Permitidme, por todo ello y por lo que me reservo, que me encierre en mis recuerdos y esquive cualquier forma de sacarme de la costumbre! Pero no cumpliría con mi obligación de bien nacido si no dejara constancia de mi gratitud a todos cuantos habéis pensado en establecerme entre vuestros amigos más entrañables. Gracias por vuestra atención y por vuestra generosidad, pero no, por favor, libradme de mí mismo! Soy solamente aquel del que dijera Gerardo Diego: «Guarecido en Puertamoneda / o liberto al sol de la plaza / forja, esculpe, talabartea, / batihoja, repuja, trabaja...». Cien años Así que pasen cien años/ comenzaré a morir lentamente/ como muere la luz de cada día,/ sin volver la vista atrás ni revolver los archivos:/ (Cada vez que se me ocurre/ retroceder en el tiempo/ y fijar la película, me asaltan/ figuras extrañas, garabatos/ de doloroso patetismo)./ Es algo que les ocurre a todos,/ sean blancos o negros, legos/ o doctorados. Se muere solamente de una vez y para siempre, abanderando/ cuanto tenemos conquistado/ a corazón partido: esposa,/ hijos, bienes y papeles/ con nuestro nombre y número/ de salida./ Depositamos/ los viejos vestidos a la entrada/ del último túnel y desnudos/ acudimos a la cita./ Preguntarán/ Los memorialistas del aire:/ «Qué fue de aquel que intentara/ cambiar el mundo, verso a verso?/ Cesó un día cualquiera de un mes,/ arrastrado por caballos de plomo/ y fue olvidado;/ como manda la Santa Madre Iglesia/ y decretan los tiernos alacranes./ ¡Y ustedes perdonen/ si me muero sin avisar!

tracking