CRÉMER CONTRA CRÉMER

El limbo de los justos se cierra

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VICTORIANO CRÉMER
León

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CASI CIEN AÑOS llevo con el miedo en el cuerpo. Miedo al limbo de los justos; miedo al purgatorio de los dudosos y miedo al infierno, a donde iban a parar los precitos, los condenados, los malos. El padre Nieremberg pasaba por León, que era el lugar de mis sufrimientos, con un libro tenebroso bajo el brazo, dispuesto a leernos desde el primer capítulo, que solía tratar del pecado, hasta el último que inevitablemente se refería al infierno, o sea a los tormentos que Dios nos tenía reservados por no haber ido a misa de doce a la parroquia y por no haber votado a Gil Robles. Era otra era medieval, pero con todo: con limbo, purgatorio y el tremendo infierno, para nuestro achicharramiento eternal. Pasaban los años, los siglos y los papas y hasta que no llegó el Papa de los pobres y de los presos, Juan XXIII, no se repasaron las páginas del Catecismo para poner un poco de orden en aquel calendario de los horrores. El Papa bueno, comenzó por quitarle hierro a lo del infierno porque parecía que no era misericordioso -y Dios lo era- crear al hombre para condenarle después a pasarlas negras carbonizadas por sus muchas culpas, que, por cierto no podían cometerse sin la conformidad de Dios, del cual procedía y dependía toda criatura viva y coleando. Luego, lo del purgatorio ya no tenía fundamento, sobre todo cuando se supo que Santa Mónica la Viuda, madre de San Agustín, había tenido que pasar por el purgatorio para compensar con sus sufrimientos los pecados de juventud de San Agustín. Y ahora, cuando los moros de todos los países se levantan en armas teológicas contra el Papa por meterse en teologías, dice el Santo Padre nuestro que está en la tierra, que no, que lo del limbo parece una broma y que los tiempos no están para bromas, por lo que corresponde a este tiempo histórico de cambios y extorsiones, que lo del limbo de los niños sin bautizar se olvide, porque, se supone, que, se diría para su exclavina, tampoco los niños son responsables de mearse en la cama. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! El hombre ya está libre de sus más tenebrosos miedos. Ya puede dormir tranquilo y a lo sumo, por seguir la tradición, serenar el espíritu recitando alguna de aquellas jaculatorias que le enseñaron en la Catequesis y que la abuelita le recordaba todas las noches: «¡No te olvides de rezar las oraciones!». Y las rezábamos. Y efectivamente dormíamos con los angelitos, porque... Cuatro canones/ tiene mi cama /Cuatro angelitos/ que me la guardan... ¡Gracias, santo padre de Roma! ¡No sabe el peso que nos ha quitado de encima! Y es que el ser humano se encontraba asfixiado, acosado, atenazado con tantos castigos, que la vida parecía un cuartel, siempre con la culpa sobre las carnes. ¡Ahora ya podremos, digo yo, soltar algún exabrupto más o menos religioso sin caer en el riesgo del infierno, coña!

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