Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La gripe que viene

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ESTE AÑO DE GRACIA del 2006, año de aguas tumultuosas y de sequías de angustia, parece que se adelanta la llegada del virus. La gripe está ya llamando a nuestras puertas, con apremio, sobre todo si en la vivienda que se vigila padece enfermedad significativa un anciano o un niño. Para contrarrestar los efectos de la epidemia nuestra de cada año, sea este bisiesto o medio pensionista, se han prevenido ciento tresinta mil vacunas y se alerta al personal sobre la violencia del virus correspondiente al actual ejercicio, durante el cual ejercerá su nefasta función un neumococo extrañísimo del cual tendremos que librarnos por nuestros propios medios y las asistencias beneméritas de los profesionales de la medicina, inscritos en las listas de la SS (léase Seguridad Social, para evitar equívocos). Se están concediendo los premios Nobel de Ciencias, de Medicina, de Economía y de Literatura, y no se consigna en la relación ninguno de los doctores de España, quizá porque los presupuestos nacionales no dan para atender a la investigación cuando tenemos que acudir en socorro de los profesionales del pelotón, con el único sabio conocido que tenemos, el sabio de Hortaleza, sobre el cual recae la responsabilidad de todas las derrotas que los bien pagados de la patada reglamentada cobran a dos manos. Cuando en mis años muy mozos ya se mencionaban en España los compromisos de los Gobiernos con la ciencia y se citaba a don Ramón y Cajal, no se podía eludir el dato de que el gran sabio que en España era se veía obligado a luchar contra la precariedad de las disposiciones económicas y técnicas que envolvían la labor del ilustre personaje soberano. Y es que en España que, por cierto, es tierra de hombres capaces y de investigadores heroicos, nunca se ha tenido clara la responsabilidad que le corresponde al gobernante en relación con sus obligaciones con la sanidad pública, es decir, con la salud de los ciudadanos. Aquí, la gente se muere a veces, como los camioneros, con el volante en la mano, y no porque el personal científico carezca de vocación para los más soberbios episodios de investigación que hacia el descubrimiento de la enfermedad y de sus consecuencias sociales conduce, sino porque el Estado nunca dispone de medios económicos para soportar la exigencia social de la enfermedad, de la epidemia o de la condenación de un castigo bíblico. De recaer, por casualidad milagrosa, sobre nuestras cabezas la responsabilidad de superar esta situación de inferioridad científica en la que seguimos envueltos, la primera de nuestras disposiciones sería dotar de medios a la investigación necesaria para alcanzar los estados superiores de la ciencia a fin de que si nos corresponde morir, lo hagamos con conocimiento de causa, con asistencias técnicas adecuadas y sabiendo lo que nos toca. Y cercenaríamos de las obligaciones que la sociedad se empeñara en imponernos, las fabulosas cantidades de dineros saludables que se extienden por el país para satisfacción de intereses bastardos disfrazados de hazañas deportivas. Cuando aquel estadista gallego dijo aquello de «menos viajes y más libros», quería sin duda decir: «Menos federaciones y más universidades».

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