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JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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EL AÑO litúrgico concluye con la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Hace un año decía Benedicto XVI: «Desde el anuncio de su nacimiento, el Hijo unigénito del Padre, nacido de la Virgen María, es definido «rey», en el sentido mesiánico, es decir, heredero del trono de David, según las promesas de los profetas, para un reino que no tendrá fin (cf. Lc 1, 32-33)». Es verdad que «la realeza de Cristo permaneció del todo escondida, hasta sus treinta años, transcurridos en una existencia ordinaria en Nazaret». Pero -continuaba el Papa-, «después, durante su vida pública, Jesús inauguró el nuevo reino, que «no es de este mundo» (Jn 18, 36), y al final lo realizó plenamente con su muerte y resurrección. Apareciendo resucitado a los Apóstoles, les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18): este poder brota del amor, que Dios manifestó plenamente en el sacrificio de su Hijo». Jesús no pretendía ser un rey despótico. Según Benedicto XVI, «el reino de Cristo es don ofrecido a los hombres de todos los tiempos, para que el que crea en el Verbo encarnado «no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Por eso, precisamente en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, él proclama: «Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Ap 22, 13)» . Fe y política El evangelio que se proclama este año nos presenta a Jesús ante el tribunal de Pilato. Por dos veces le pregunta el procurador si es el rey de los judíos. En un primer momento parece que Jesús se resiste a responder abiertamente. Es como si deseara saber si el procurador romano había llegado por sí mismo a aquella sospecha o si había sido denunciado por pretender tal dignidad. La pregunta de Jesús es importante para los cristianos porque delimita los campos y las intenciones. Si el gobernante ha descubierto la realeza de Jesús se podría hablar en términos de fe. Si pregunta movido por las denuncias, el discurso se sitúa en el campo político. Por eso las palabras de Jesús clarifican la cuestión: «Mi reino no es de este mundo». El imperio de entonces y los gobernantes de ahora no tienen nada que temer de Jesús y su evangelio, siempre que respeten el bien y la justicia, la paz y la dignidad humana. Escuchar su voz A la segunda pregunta, Jesús contesta abiertamente: «Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». He ahí una espléndida revelación del Mesías y de sus seguidores. ¿ «Testigo de la verdad». Jesús se había presentado como camino, verdad y vida. Era el mensajero de la verdad sobre Dios y sobre el ser humano. Con su vida daba testimonio de una verdad que nos antecede, nos dignifica y nos interpela cada día. ¿ «Los que son de la verdad». Todos buscamos a los que son semejantes a nosotros. Como un gran imán, Jesús había de atraer las miradas de todos hacia sí. Los que aman la verdad se identifican con Jesús. Escuchan su voz y le siguen. - Señor Jesús, queremos escuchar tu voz en medio de la algarabía de las voces de este mundo para que tu verdad nos haga vivir en la paz y la justicia de tu Reino. Amén.

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