LA GAVETA
Pérdidas (Para Antonio Gamoneda)
LA LECTURA DE LA POESÍA de Antonio Gamoneda: en la que me perdí para encontrarme más yo que en ningún otro libro. La lectura de Esa luz en este verano último, que alumbró el arder de mis pérdidas. Me llevó ahí, al incendio que me recorre. Al que todo hombre y toda mujer llevan en su interior. Sobre todo, claro, a partir de cierta edad. Arden las pérdidas, cada uno se quema en las suyas. Y también nace, claro, pero no como el ave fénix, no. Nace como hombre que tiene más años, más cicatrices; que ve la muerte al fondo. Ya la ve, sí, la muerte que en la infancia no existe. Y la ve y no sucede nada más que eso: verla. Porque la vida manda, la vida es lo que nos compete. La vida que es vida hasta el último instante. Llena y nueva, abierta al ser. A esta cosa que somos. Y sobre todo somos palabras. Somos lenguaje, ahí nacemos y morimos. Vivimos. Amamos y nos aman. Será impúdico, pero es una suerte: hablar de una pérdida, tantas que tengo. Y que sólo existen en la palabra que circula por el cerebro, al bies de las imágenes. Memoria, pienso ahora, es eso: un ver, un sonar. La voz de mi madre, nada más eterno que la voz de una madre. Y ahora no quiero sentimentalismos, no. Es solo la voz de una madre sonando. O de un padre. Pérdida que arde, sí. Crepita, estamos junto al fuego. Y también suena la música. Porque palabra es música. Y mientras escribo este artículo he puesto el Adagio de la novena sinfonía de Beethoven: un buen lugar para morir. Y para nacer. Esta pérdida que hoy evoco, cualquiera vale, es un pequeño viaje. Que hicimos con mi madre, a pie, desde la Puebla de Ponferrada hasta la estación del tren de la MSP en San Andrés de Montejos, a unos cuatro o cinco kilómetros. Un viaje anónimo, inusitado. Un viaje en el que mi madre llevaba en una sillita de niño a mi hermano Carlos, de un año entonces, al tiempo que yo iba de pie, situado sobre el eje trasero. Yo tenía tres años y era 1956, hacia septiembre. Mi madre recorriendo un paisaje que ya no existe. Porque Ponferrada terminaba entonces en la Avenida de Valdés. Mis tíos paternos vivían casi todos por allí. Eran jóvenes, ya murieron. Había luego alguna casa, muy pocas, y ya el gran campo pobre de los matojos y las piedras. Mi madre por el Camino Negro, que era blanco, y luego por la carretera de Asturias. Y allí la tarde, y allí el viento, y allí la mujer enamorada, y los niños felices en la prodigiosa expedición. Y la cuesta leve que conduce al Canal, las eras de Columbrianos, y por fin el pueblecito de San Andrés, rodeado de viñas. Dominado por esa iglesia que se me quedó petrificada, desde aquel día, en la memoria. Siempre que la veo pienso en esta pérdida. Y ahora pienso que cuando sucedió ese viaje, Antonio Gamoneda era un hombre de 25 años. Mi padre venía en el tren, desde Villablino. Mi padre con su cartera de viajante. Y mi madre quería darle esa sorpresa: esperarle en la estación de San Andrés, la última antes de Ponferrada. Y allí llegamos, y allí compró los billetes, que eran rectangulares y de cartón más que de papel. Y los hombrones esperando el tren. Y el sol. Y el tiempo. Y yo fuera del tiempo, como todos los niños. Y mi madre, también un poco: porque ella buscó siempre la mitificación de lo cotidiano. Quería que todo fuera legendario. El dolor y el placer. Y mi padre por la ventana, boquiabierto, feliz, joven; toda la belleza y la intensidad de la vida allí concentrada. Sobre la carbonilla del andén, sobre la madera del vagón antiguo. Día primitivo, día eterno. Y el ruido de la locomotora negra. Y su humo blanco. ¿De qué color será el humo de las pérdidas cuando arden? Antonio Gamoneda lo sabe.