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VICTORIANO CRÉMER
León

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LOS CAÑAMILLOS, las zambombas, la pandereta y los platillos, todos a una, enciendieron el ánima viva de la Navidad. Y los seres humanos se han dispuesto a establecer su reglamento para el inmediato futuro. Es el tiempo de establecer las líneas de conducta para los años que sigan, porque el año que acabamos de liquidar por derribo, tampoco ha sido un dechado de perfecciones: Se han suscitado guerras por todas partes y en los interiores de cada una de las patrias se están produciendo la torpe refriega de las elecciones. Y nosotros, sobre la marcha, concedemos que seremos mejores de lo que hemos sido y amaremos a nuestros prójimos como deseamos que estos nos amen a nosotros. El invierno nos advierte que no habrá piedad, y que hará manifiestos sus furores, en vista de que tampoco nosotros hemos hecho nada para enmendar alguna de nuestras muchas faltas. Llegó un año nuevo pero con idénticos títulos para procurar esquivar sus gañafonazos. La lotería pasó por delante de nuestra puerta, como tantos otros años, sin que se detuviera un momento para animar nuestros desalientos. Seguimos comprometidos con nuestros contrasentidos y acabaremos por ceder ante las promesas de los hombres públicos, convencidos de que para ellos será la fortuna, la gloria y el bienestar. No nos han faltado en estos días ni las tentaciones ni las esperanzas, confiando de que al fin la fortuna iba a llamará a nuestra puerta y el enemigo de toda la vida, arrepentido llamará a nuestro corazón. No quisiera desanimar a nadie pero seguro que ya estaban avisados sobre las traidoras tendencias de los días y la necesidad de evitar sus cornadas, porque dígase lo que se quiera, la verdad, lo cierto, lo inevitable es que al que se haya descuidado y haya confado en la providencia, le habrá cogido el toro por la taleguilla y le habrá maltratado. Y las muchachas en flor siguen viviendo temerosamente la tremenda barbarie de los hombres cazares de mujeres. Y la representación de éstas sigue exhibiendo su incapacidad para enmendar la tendencia de los viles, para ensayar algunos de los actos a los que el amor invita. Todo sigue igual, parece que fue ayer, pero no faltaron nuestros buenos propósitos de enmienda, que, al final, se habrán reducido a que el extravagante intentará dejar de fumar o se impondrá el ayuno nocturno para conservar el tipo. Seguirá siendo la vida este año un cúmulo de vulgaridades elevadas a la categoría de talantes para seres privilegiados. Y al que se le den los malos vientos, seguirá muriendo sin remedio, mientras los supervivientes elevan el corazón a Dios, dándole gracias y al patrono misericordioso para forzar su capacidad de caridad. Se apagarán todas las luces que han reflejado sobre el telón de fondo de la noche la tímida capacidad para transformar lo macilento en glorioso. Pero ¡vivimos, voto al cielo! Y con el nuevo año se han renovado nuestras sangres y, a lo mejor, ha florecido el amor en todos los búcaros y suenan todas las vitrolas y de nuevo, en un esfuerzo del alma ha vuelto la esperanza como la golondrina de la primavera sus nidos a colgar de nuestro corazón.

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