LITURGIA DOMINICAL

¿Nadie es profeta en su tierra?

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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El anuncio de Jesús en este evangelio parece no hacer mucha gracia a sus vecinos. Sus paisanos hubieran preferido que hiciera milagros, no que les pusiera en evidencia denunciando su falta de fe. Es una reacción que irá creciendo hasta acabar con la muerte de Jesús. Pero ni aún eso logró acallar la voz del Profeta por excelencia: al cabo de veinte siglos seguimos escuchándola, y nosotros somos la prueba de que todavía hoy se quiere escuchar, domingo tras domingo, su luz y su fuerza salvadora. A nosotros nos cuesta también reconocer la voz profética en los demás, del Papa al vecino de al lado. Siempre encontramos mil excusas para «defendernos» de la incómoda voz que supone el testimonio de los demás que nos invita a ser más consecuentes en nuestro camino. ¿No es éste el hijo de José? ¿No será que es un Papa alemán y ya mayor? ¿No están anticuadas las exigencia morales de la Iglesia?... Como éstas podemos poner muchas más excusas para seguir siendo como somos. Sin embargo, la Palabra de Dios se pronuncia en nuestra historia para que se cumpla. No es palabrería. Tiene vocación de ser fecunda y eficaz. Es gratuita. Y por eso un don, no un mandato. Pero en su dinamismo se incluye también un aspecto imprescindible de ella: se nos concede gratuitamente poder colaborar en su fecundidad. Prestar manos y pies a la Palabra es tan gratuito como la misma Palabra, es don y tarea de nuestra condición de cristianos. La conducta de Jesús ante la reacción de sus paisanos no es discutir, polemizar, argumentar, sino modestamente señalar lo que ocurre en la vida, los hechos. Y cita dos casos en que la gracia de Dios ha roto los esquemas mentales judíos. Jesús no opone ideas a ideas, esquemas a esquemas. Muestra hechos en que Dios actúa. ¿No habría también muchos hechos en la vida que nos mostrarían, si estuviéramos atentos y fuéramos honrados, cuántas veces nos equivocamos en nuestros esquemas religiosos, qué anquilosados quedan ante la imaginación amorosa y salvadora de Dios? El final de la escena es gráfico y aleccionador. Cuando se encuentran sin argumentos, los judíos intentan suprimir por todos los medios a Jesús. Él, sin embargo, se va, sigue su camino, buscando hombres y mujeres que hagan vida el Evangelio que proclama. Nuestra misión de cristianos es aprender a descubrir a Dios en el mundo, en el prójimo, cosa que no parecemos estar dispuestos a comprobarlo. Preferimos un Dios en el cielo, en Belén o en la cruz del calvario, que un Dios en el prójimo, en casa, en el trabajo. Donde hay amor, allí está Dios. Como cristianos, tenemos que hacer que se cumpla hoy la Escritura que anuncia la buena noticia a los pobres. Pero anunciar la buena noticia no es ir sermoneando, sino que es ir haciendo lo que Jesús nos ha mandado: amarnos los unos a los otros, como él nos ha amado.

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