Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los sublevados de Alcorcón

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ALCORCÓN ES LO QUE SE DA en llamar un poblado-dormitorio. Un barrio de Madrid diríamos. Es un enclave en el que se recluyen gente buena, pacífica, honrada y solidaria. Se vive en Alcorcón, me asegura uno de sus habitadores más conspicuos, que no parece sino que se inventó el pueblo para él y su familia, en paz y en gracia de Dios y de los hombres. Y así que llegan las calores del verano se llena de gente amiga. En este invierno feroz que nos está tocando vivir, Alcorcón cumple pacíficamente con su función de poblado para gente buena, honrada y amiga del diálogo. En Alcorcón, me asegura un vecino que va para concejal, nunca pasaba nada más que lo que tenía que pasar: las gentes nuevas nacían, se hacían mayores, se casaban, tenían hijos y el pueblo-dormitorio crecía y tomaba carácter. Así un año y muchos otros años, tan significativos como el primer año de sus activas estadísticas. No digamos que Alcorcón sea un pueblo de lujo pero tampoco un lugar de menesterosos. Es, si se quiere y aún si no se quiere, un lugar para la vida pacífica en comunidad. Hasta que un día, por los efectos naturales de la emigración de la especie humana, dieron en caer por Alcorcón, algunas docenas o quizá centenas de extraños personajes, llegados del otro lado de los océanos dispuestos a hacerse un hueco en la comunidad y un lugar al sol. Declaraban que su llegada no obedecía a un deseo de dominio, ni de enriquecimiento turbio, sino a un trabajo soli citado y anotado en las leyes laborales. Eran, son, gente que necesita un lugar para desenvolverse, para que sus hijos tengan un futuro sin demasiados quebrantos. Y demandaban paz y un lugar al sol. Pero no hay sol para todos, y el espacio que ocupaban los llegados, se les privaba a los naturales, a los verdaderos creadores del poblado, y sin que nadie al parecer pudiera impedirlo, se produjo la reyerta. Y saltaron los tremendos versos lorquianos: «Que muerto le encontré en la calle / con un puñal en el pecho / y no le conocía nadie»... O algo parecido. Y se conformaron bandas agresivas, y se discutieron agriamente los derechos a la vida de los unos y de los otros. Y hubo destemplanzas y agresiones. Y no se encontró otro medio de acabar con la rivalidad que la imposición de la sinrazón por la fuerza. Y los españolitos, madre les guarde Dios, formaron cuadrillas apasionadas que siguieron poniendo su pecho, su coraje y su razón a lo que ellos estimaban como invasión irracional. Y los furores desencadenaron un cierto estado de beligerancia que amenaza con convertirse en estado de guerra racial: Los extranjeros de las Américas, de los recónditos estados del Oriente y de los países decadentes de la Europa desalentada, contra los ecuatorianos, colombianos, peruanos, gente de imposible vivir en sus tierras de nacencia, que asaltan las próvidas costas españolas a golpe de remo. Y Alcorcón, el benéfico, apacible pueblo de Alcorcón, se convirtió en campo de guerra y muerte. ¡Algo habrá que hacer para que los unos y los otros entreguen las armas!

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