CRÉMER CONTRA CRÉMER
Se nos llena la casa de humo
ESCRIBO SIN CONSULTAR los archivos, ni detenerme en estadísticas emitidas por centros interesados. Quiero decir y digo que se nos está llenando la casa de humo y que de no tomar el asunto con la objetividad que requiere, obviando las lamentaciones de aquellos que se ven obligados a quejarse, llegará inevitablemente el momento en el que nos veamos acorralados, acosados, vencidos y humillados por el número¿ Según se me hace constar sobre la marcha, en España que es, como todos sabemos una nación muy estricta, áspera y espléndida, pero pobre, diga lo que quiera interesado en confundir a la parroquia, viven, conviven, trabajan y extravasan más de diez millones de inmigrantes, o sea fugitivos del hambre, que asaltan nuestras costas, suponiendo que los Estados Unidos y ricos de América, empiezan en Málaga o en Tenerife o en las islas Chafarinas, en donde España, todavía, tiene hogueras encendidas. Somos el segundo país del Universo mundo en recoger náufragos, en proponer trabajos, en acoger niños aventureros y aceptamos este destino, al que nos llevan los pueblos evidentemente ricos y evidentemente con capacidad para acoger a tantísimos fugitivos como llaman a las puertas del mundo. Nadie, que no sea un imbécil o un malhechor del Mediterráneo se atreverá a tacharnos de racistas, por ejemplo, ni tampoco de cicateros a la hora de poner nuestros recursos al alcance de aquellos que han hambre de pan y de justicia. Lo que sucede es que España, como decía al principio de este apunte, es pobre, no tan pobre, quizá, como Somalia o como Haití, pero pobre. Nuestro censo de parados y de familias a las cuales no las llega el aliento, es numerosa, muy numerosa, y con el desembarco de tantísimos buceadores del aire, llegaremos a contar con una población extranjera superior a la indígena, o sea que por cada español podremos llegar a contar con diez marroquíes, doce tanzanios, quince hispanoamericanos y un número todavía no cualificable de croatas, rumanos y abisinios. ¿Qué podemos hacer ante esta amenaza, muy superior a la que indujo a los Reyes Católicos, Isabel y Fernando o Fernando e Isabel (que tanto monta monta tanto) cuando decidieron regular la presencia en la Península de moros, judíos y avencerrajes? Contemplando no sin asombro, lo que le cuesta al mecanismo oficial español, dominar la invasión de los navegantes de patera o de cayuco, tememos que no se alcanzará fácilmente la fórmula para organizar, equilibrar y frenar este tremendo fenómeno que, siendo efectivamente algo que atañe a la tranquilidad de las naciones y sosiego de los exaltados, está contribuyendo a que la juventud, los ancianitos, los militares y los paisanos españoles pidamos socorro. ¡¡¡Socorro!!!