CRÉMER CONTRA CRÉMER
Los búlgaros y las medusas
ESTAMOS en tiempos de confusión y de retrocesos difíciles, y si no, que se lo digan a Rafael Simancas, el tenaz candidato socialista para hacerse con la alcaldía de Madrid y de Alberto Ruiz-Gallardón, y, por lo que a mí concierne, lo confirma el hecho natural de que yo, que soy creyente y amigo de la caza, lo demuestra por ejemplo la presencia y actividad de los búlgaros. Yo siempre había creído que los búlgaros eran unos señores extraños, que venían a España a enseñar su bello idioma, como otros se empeñan en enseñar el chino. Bueno pues lo de los búlgaros me hizo caer en el cuento famoso de aquel muchacho que al pasar por una determinada calle, más bien escondida de Madrid, se encontró con un cartel que anunciaba: «Se enseña el búlgaro». Y claro, el incauto muchacho se lo creyó y decidió aprender la lengua de Bulgaria para empatar después en su pueblo al secretario del Ayuntamiento. Subió al piso donde al parecer se practicaba el búlgaro, y al terminar la visita, dio su versión simplificada de lo que le resultaba un chasco fenomenal: «¡No te fastidia! Pero si lo de enseñar el búlgaro no es sino enseñar un idioma! Yo creía». Y lo que el aprendiz de lingüista creía, es mejor callarlo. Porque en realidad los búlgaros, según las últimas relaciones de la policía montada y de la de a pie, eran unos señores de la inmigración, que se habían decidido a practicar en España el bonito oficio de imitar el billetaje oficial y lanzarlo a través de muy ingeniosos procedimientos a todo el público en general. Como los billetes resultaran tan perfectos que no había técnico que les descubriera la falsedad ratera, el mercado de la España acogedora se llenó de moneda falsa y los búlgaros -no todos, por supuesto- fueron detenidos. El incidente fue una auténtica sorpresa porque en España siempre se había traducido aquello de «Enseñar el búlgaro» como una demostración erótica. La misma que se van a llevar los posibles veraneantes que desde Cabrillanes, por ejemplo, se disponen a cubrir su plazo de playa contemplando las medusas, creyendo quizá, que los tales Acelefos gelatinosos y móviles eran unas estupendas señoras desnudas, también gelatinosas y dignas de admiración. El Cipriano, que había conseguido una beca para conocer mundo y escribir un libro sobre hombres, animales y cosas, se llevó un chasco tremendo cuando llegado, que fue a Levante, que es donde el agua está más caliente y las circunstancias más propicias para el recreo de la vista, se encontró con que las Medusas no eran «mujeres de la vida» dedicadas a hacer mercado en playas como las de Levante, sino unos animalitos impertinentes que producen agresiones canallescas y, que como consecuencia, cubre los cuerpos de incomodísimas irritaciones y picores. De lo que se deduce que nadie debe fiarse de las apariencias, sino todo lo contrario, y, que muchas veces, los búlgaros y las medusas resultan otro engaño, como los pactos¿ 1397124194