Diario de León
Pedro García Trapiello

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ABEL murió. El que quedó procreando fue Caín. Abel no es nuestro abuelo; la sangre que nos fluye es de su hermano, el que hacía sacrificios de berzas en vez de corderos, razón por la que el humo de sus fogatas rituales no subía a los cielos, sino que se le tumbaba encima enredándose en los pies y nublándole la mirada. En Irak, los unos sacrifican a los otros a su dios. Achicharrar a un hermano en la pira del sacrificio es mucho más estimable a los ojos del gran Cielo que las berzas o corderos. Lo paradójico de la zarracina fratricida de los iraquíes es que el dios de ambos es el mismo. Anda, que no tiene que estar contento Alá ante cascada de sacrificios que le hacen por duplicado. ¿Y dirá esa divinidad ¡cuánto me quieren!?... En la semana pasada reventó en un pueblo de Irak un camionazo preñado de muerte y sembró aquello de ciento cincuenta sacrificados. Buena hoguera. Arde la dignidad humana y huele la tierra que escondió el Paraíso Natural a carne churruscada por el odio y la celada de un kamikaze en un mercado. Tanta misa explosiva nos suena aquí a letanía tediosa. Ya ni nos conmueve. Es un rosario de carretones cargados de cuerpos inertes camino de un hospital atestado y de unos cementerios que rebosan muertos por sobre las tapias. Ya no siento emoción sublevada ni espanto cuando veo en la tele una plaza entera convertida en una barbacoa llena de carne a la brasa. Lo siento. Es sin duda un peligroso síntoma de deshumanización que delata mi falta ya de piedad o sentimientos. De veras lo lamento, pero los hijos de aquel Caín que mató seguirán asesinando hasta el fin de los tiempos. Es el sino. Y cuando aparentemente atravesamos un periodo de civilidad política y hasta de fraternidad, dejamos de matar perforando manaderos de sangre para matar civilizadamente, esto es, disolviendo al otro en el ácido del desprecio, la marginación o el ostracismo. El problema de los iraquíes está entre ellos mismos. Bien lo sabía el invasor. Había armas de destrucción masiva en Irak, no hay duda, pero una sola arma, la más mortífera y desoladora: Caín, san Caín para sus adoradores, que somos todos. Es el arma desenterrada por las fuerzas de ocupación. Que se maten entre ellos; nos ahorran trabajo, dijo Bush. Vengan conflictos; lanzamos a Caín en paracaídas... y que se jodan.

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