CRÉMER CONTRA CRÉMER
En oferta
TODOS LOS TIEMPOS de una sinfonía son imprescindibles para conseguir una obra medianamente perfecta. Podemos declarar que, precisamente para alcanzar la perfección política, social y cultural, los partidos felizmente triunfantes, se disponen a ensayar la gran sinfonía de León y sus autonomías peculiares. Para evitar extravíos, me adelanto a declarar que no todos los electores del poblado están convencidos de seguir el camino que hacia la independencia o autonomía de León conduce, ni están convencidos de la procedencia de emprender la ruta municipal, ni de acuerdo con los principios que se están manejando para salvar el leonesismo, que no es lo mismo que leonés a secas, al alcance su meta soñada. No importa, porque el espíritu de las ciudades y el impulso de las comunidades lo da la costumbre. Y para ello hay que vivir la ciudad, estar en la ciudad, sentir la ciudad sin atenerse a retoricismos electorales ya pasados o por venir. Nos encontramos, pues, en estado de oferta, no porque la ciudad se venda ni porque los ciudadanos se automarginen para eludir compromisos y preocupaciones, sino porque los grupos políticos dispuestos ya para la gobernación preparan su repertorio de promesas, a precio rebajando. Se habla naturalmente de «hacer León», de «cambiar la ciudad», de reformar y ampliar los viejos proyectos. Hasta del Eolo de Puerta Castillo se habla. Nos disponemos, o se disponen nuestros ínclitos varones y féminas del municipio, de la diputación y de éste o del otro centro de aventura y negocio, a intentar cuando menos la reforma o la invención de nuevas páginas para la Historia y los señores responsables, se disponen a meterse en harina estudiando, no lo que tenemos, sino lo que nos falta, y prevenir los resortes, los mecanismos para conseguirlo. Sobre todo cuando el anuncio de «las ofertas» parece algo tan difícil de conseguir como la mentalidad, que es como el talante pero más filosófico, de cambiar la mentalidad de los leoneses. El solo enunciado hace temblar las esferas ya establecidas. ¿Cómo renovar, cambiar de estructura nuestra mentalidad del ayuntamiento, por ejemplo, que es de donde procede la promesa para que de puro cambio benéfico no le conozca la madre que lo parió? ¿Y en qué consistirá la transformación de la mentalidad leonesa? ¿Tal vez en que al fin seremos capaces de abandonar los intereses personales y aún los del partido por el bien común, que se suele decir? ¿Y en qué consiste el bien común? ¿En organizar debidamente y de acuerdo con la necesidad pública los distintos servicios municipales, no demasiado gloriosos como para elevarlos a los altares? León es un pueblo bueno, bonito y caro, que demanda urgentemente que se establezcan líneas de comportamiento que reduzcan los déficits y corrijan el sistema contributivo, a fin de que los sometidos a un régimen de ahorro obligatorio no se vean amenazados de morir de inanición. La mentalidad de los leoneses se hace desde los Organismos oficiales y con mando en plaza. Si estos no se aplican y no aceptan, sin réplica ni enmienda, corregir sus esquemas, sus primas, su singular manera de matar pulgas y de gobernar, lo de la mentalidad será una frase muerta y putrefacta. ¿O no?