Diario de León
Pedro García Trapiello

Creado:

Actualizado:

LAS CONQUISTAS femeninas se quedan siempre en media cosa porque el hombre se resiste... y porque la libertad da miedo. Pero ahora que anda fatigado el guerrero y la libertad se vende envasada al vacío, los pasos de mujer parecen media verdad solamente si pueden comprarse. La mujer pobre sabe que la dignidad y el respeto duermen únicamente en la cuenta corriente o en el baile de las seis pulseras de oro, sinfonía de antebrazo agitado que siembra envidias, cascabeleo de brillos con que sueña ella cada noche, mujer de Bombay de arete pobre y cadenilla en el tobillo, mujer del Cáucaso de frente recamada con colgajo de monedas de plata que tintinean sobre los ojos, mujer oriental de collarones y coral, maragata de arracadas y alconciles, hebreas con dobladillo en el faldón para guardar las joyas de la familia en su éxodo, reinonas de burguesía italiana con bufandas de perlas, actrices con diamantes, delirios con champán... diamantes con ostras... y lobas con carranca de brillantes en la cubierta del yate del Pocero donde palpar una teta cuesta un collar de rubíes, de los gordos. Es planetaria y explicable la persistente obsesión histórica de la mujer por atesorar o exhibir joyas, garantía de un futuro menos incierto (si hay que escapar, ni bienes ni casas pueden llevarse encima). Si una mujer no tiene nada, ¿quién la respeta?... «A quien nada sabe, cualquiera le engaña; y a quien nada tiene, cualquiera le compra» decía el preceptor de Bolívar, un maestro de escuela dolido y sublevado contra la ignorancia de aquella España del XIX envenenada de postguerra en la que soñó necesario escolarizar a la niñas también. No les demos sólo saberes, sino un oficio para la independencia y el respeto. Sin embargo, en esta tierra de historia revuelta en los caminos principales o quieta y fosilizada en tantos pueblos donde el viento da la vuelta, hubo gobierno de mujer en la vida llana. A Caro Baroja, etnógrafo, le tenía maravillado el matriarcado leonés y no sólo porque los astures transmitieran la herencia a la hija mayor y no al hijo. En la vida rural de hace quinientos años tuvieron los varones que aceptar en los concejos a las viudas cabeza de familia con voz y voto (sólo les daban medio voto, pero las precoces sufragistas inglesas tardarían cuatro siglos).

tracking