CRÉMER CONTRA CRÉMER
Contento de ser de aquí
EL CANCIONERO de León es rico, variado, colorista y entrañable. Quiere decirse que cuando León canta no precisamente porque algo tenga en la garganta, que sí que lo tiene, sino que algo extraño y de difícil calificación le roe las entrañas y se sale por peteneneras: «León, León, ciudad añeja, ¿por qué te vistes ¡ay! con piel de oveja?». Quizá esta transformación se deba más o menos a la necesidad que el leonés tiene de saber con cierta exactitud, dónde vamos y de dónde venimos. Porque entre inmigrantes, moros y cristianos nos estamos haciendo un lío. Se habla con cierta emoción folklorista de que «Somos de León y contentos de ser de aquí¿» «Paso la vida cantando y suspirando»¿ Bueno pues no es para tanto ni para tan poco. A los leoneses nos sucede, salvo error u omisión, lo que a los demás españoles esparcidos por la piel taurina de la Península: Que cuando las «cosas» nos salen bien, se nos llena el corazón de alborozo y cuando los apremios hacen de nosotros un bando asustado y sin horizonte, nos rendimos y solicitamos la ayuda de todos cuantos a nuestro entender y parecer están obligados a prestárnosla. Y dirigimos la mirada hacia los organismos oficiales que son, sin duda, que, por su condición y por los dineros que le cuestan al contribuyente, están obligados a colaborar con el buen pueblo, siempre en trance de ruina. León, como todos sabemos y no todos quieren, resulta a la larga una ciudad vivible, bella y gloriosa y todo cuanto el vecino haga por superar sus períodos de crisis le será agradecido toda la vida y hasta el final de la historia. Lo que sucede o lo que a nosotros, gente del común, nos parece, es que los muy ilustres y favorecidos miembros de los diferentes organismos responsables, o no saben qué hacer para estimular los impulsos de la parroquia o les falta imaginación para plantearse los problemas verdaderos que hacen de una tierra, campo de verdaderas delicias bíblicas de promisión. A todos nos entusiasma la idea, flotando en la sociedad actual, de imponer en las escuelas, como práctica de ciudadanía, el idioma tradicional de los pastores de alzada para afirmar nuestra propia naturaleza y nuestra manera de entender la identidad histórica. Pero nos abruma el uso abrumador de la carestía de la vida leonesa, sin que se advierta, para suplir este difícil escollo económico, la revisión en vanguardia de los salarios. Esos rumanos y rusos que en Madrid se descubren como verdaderos esclavos nos manifiestan cuáles son todavía los signos laborales de los leoneses: incluso muy por debajo de los que disfrutan (si lo de trabajar a lo loco como está sucediendo puede servir de estímulo para alguien. Por veinte euros para un equipo de veinte trabajadores, estos míseros e infelices han de trabajar doce horas para tener que dormir sobre el ladrillo o sobre el hierro. Y esta es la señal que a los leoneses les falta para aceptar algunas de las fantasías orientales que aparecen en el programa de los partidos como demostración de éxito público. ¿Contentos de ser de aquí? Pues sí, pero menos.