Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

De la masa corporal

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SE LO ESTÁN PONIENDO, entre los unos y los otros, de tal manera que las muchachas estupendas ya no saben a qué atenerse, si las medidas y el peso no responden a las fijadas por los dictadores de la moda. Porque lo que la mujer ha perseguido desde que fuera puesta en circulación, fue la seducción de la moda. Ir a la moda fue de tal modo obligatorio, que muchacha que no se acomodaba a esta ley, acaba limpiando las escaleras del Teatro Emperador. Luego, vinieron las pasarelas como complemento de la exigencia de los reformadores de la moda femenina, que casi siempre estaba dictada por caballeros de bigote y se hablaron de medidas de 90 - 60-90 para encajar en éstas el cuerpo femenino con toda su encarnadura y su emoción geofísica. Las chicas, que aspiraban a triunfar en las pasarelas, subir al escenario o casarse con constructores de viviendas para recién casados o ajuntados, se entregaron a los dictados de la moda y aceptaron disminuir su masa corporal hasta que se traslucieran las líneas de la composición del esqueleto. Fue un momento tremendo, porque como las chicas que aspiraban a darlo todo no se resignaban a fracasar fueron adelgazándose adelgazándose, hasta el punto de hacer recordar el romance famoso de la delgadina, pidiéndola al padre por favor un vaso de agua. Y morían las chicas como pulgas en colchón robado y cuando se presentaban a concurso resultaban rechazadas como si estuvieran contagiadas por la peste. Y es que verdaderamente aquellas figuritas de mujer que no resistían un ramalazo de aire, se empeñaban en seguir ayunando con tal de que no se alterara ni el perfil de su figuración de muchacha para la pasarela. Las señoras estupendas de otros tiempos, cuando se aseguraba en todos los textos universitarios que nada más bello que la carne sobre el hueso se empeñaban, digo, en convencer a las fantasmagóricas hijas del alma de que como el comer no hay nada que más contribuya al dibujo de la figura humana y que aquella especie de huelga de hambre que se había extendido entre las alucinadas muchachitas de talle de avispa, de pecho como para criar a una tribu de hambrientos niños medio negros y de una parte posterior de la estampa, o sea aquella en la que se decía que es cuando la espalda perdía su honesto nombre, se ofrecía suculenta como el último residuo de la raza humana, en su versión femenina. Se produjo cuando la alarma alcanzó las altas esferas y los ricachos del ladrillo dejaron de buscarse amante dentro del ramo de las delgadas, se dieron cuenta de que aquel fenómeno suicida había sido superado. Y las chicas majas, las bien dotadas de masa corpórea, las portadoras de valores eternos, se echaron a la calle, renovadas, con sus cuerpos y almas allí donde decidieran figurar, dando mil gracias a Dios por la advertencia y a los dictadores de la moda por haberse acordado de que la mujer estupenda tenía toda la masa corpórea que le era necesaria para dominar al animal masculino y al neutro. ¡Aleluya!

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