Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

¿Por qué no os calláis?

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SE HABÍA CONVOCADO la asamblea de vecinos de la villa y corte de Santo Cecilio del Monte, tierra emblemática y muy solicitada por sus vecinos más ambiciosos. Acudieron a la cita, si no todos los participantes de la asociación, sí los más representativos y mejor dotados para el análisis de los temas a debatir. Entre ellos y como presidenta de honor aparecía la muy ilustre señora Condesa de los Urales, a la cual todos los reunidos debían respeto y admiración. Y, claro es, tampoco faltaron los más díscolos de la universal asamblea. Y como suele suceder en esta clase de reuniones, en las que se juegan más que dineros -que también andan alrededor de los fines de la asamblea- brillantes estadistas de barrio, capaces de esclarecer los más intrincados asuntos. Entre los que figuraban naturalmente el gobierno real de las islas y de los montes donde el águila suele establecer sus nidales. Comenzó el encuentro que se pretendía fraterno y propicio a la cohesión y el entendimiento, con palabras esperanzadoras dichas con severidad y tono más bien familiar por la señora Condesa de los Urales, la cual propuso con muy buen acuerdo y espíritu casi cristiano, que el encuentro tenía por objeto sobre todo, la elaboración de un sistema o talante, que también se decía, para la conquista y gestión de la paz y sus provechos. Y al cabo de alguna intervención en la que se expresaron modestos vecinos de algún país de la montaña, saltó como un tigre, el representante de la Venceja, en la Amazonía, poniendo de manifiesto su total discrepancia con el espíritu que campaba en la asamblea. Y fueron sus palabras tan exultantes, tan capciosas, tan ofensivas que todos o la mayoría se sintieron aludidos en el rosario de exabruptos lanzados por el torvo personaje, de tal manera que allí dieron fin los buenos propósitos de los inventores del mecanismos social y político. Hasta tal punto se encendieron los ánimos y crujieron los insultos que la misma presidenta que les tutelaba y daba brillo y esplendor, le gritó: «¿Por qué no te callas?» Y el interpelado no se calló. Y la señora condesa se levantó del asiento con el ceño fruncido y allí murió la docta asamblea. Pero como suele suceder, apenas apagados los velones del evento, las chicas de la barriada fueron convocadas para que emitieran su opinión. Y éstas, dadas a la palabra griega, le dieron a la lengua a través de los medios de comunicación verbales, que no fue posible alcanzar cuales podían ser las razones que esgrimían, ni cuales sus fundamentos. Cada una de las varonas invitadas, expuso, si no el conocimiento sí su enorme capacidad para la retórica, para la sinrazón abatida por la abundancia y sobre todo por el claro propósito de levantarse de la mesa, convencida cada una, de la fuerza de su oratoria, que impedía que nadie, ni solicitando el permiso de la señora condesa, pudiera permitir que el libre discurso de cada una, suelta o todas al mismo tiempo, dejaran de exponer a nadie la autoridad de su educación y de su sentido de la cohesión civilizada. Hablaban las cuatro dueñas todas a una y el oyente amable en vano se esforzaba por entender la jerigonza de lo que las damas decían. Fue entonces cuando de los bancos donde se hacinaba el pueblo fiel salió una voz que dijo: «¿Por qué no os calláis?» Y no se callaron. Y la señora condesa regresó a Palacio con un cabreo imponente y con lágrimas en los ojos, quizá convencida, de que con este privilegio concedido a las varonas de la tribu nunca se sabrá cual puede ser la verdad y cual la fórmula para conseguir la paz.

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