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VICTORIANO CRÉMER
León

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UNO DE LOS SEÑORES del consistorio de la capital se afanaba en proclamar una de las consignas más repetidas a lo largo de la historia política del mundo y más falseada de todas las gitanerías que se han podido registrar en los anales de la vida común y maltrecha. El edil, dotado del poder oficial para testificar y proclamar, asomado al balcón de sus experiencias y sabidurías, declaró: «En política no vale todo», y mientras repetía una y otra vez el enunciado para que quedara gravado en la mente de sus correligionarios, se apresuraba a «colocar» a algunos de sus compadres políticos en puestos clave de la municipalidad... Naturalmente, o no tan naturalmente, así que la parte contraria denunció lo que reputaba como cacicada y enchufe descarado, el autor del acto punible, según los contrarios, se adelantó para decir que si bien los candidatos al puesto de trabajo en el ancho y generoso municipio de León habían obtenido un puesto a la lumbre, había sido no por la mano protectora de sus padrinazgos, sino porque los chicos se sabían todo lo que había que saber para alcanzar el puesto como miembros tutelados en el presupuesto. Ciertamente sin embargo el tal y cual concejal repitió lo de que «En política no vale todo», sin querer enterarse de que en política, según los teóricos más encumbrados, lo importante no es ser honrado, sino en parecerlo, como la mujer tachada de licenciosa... Y aunque nos encontramos al pie del Capitolio para ver de entender que en la formación de un gobierno no está implicada ni la consanguinidad política ni la manipulación retórica de frases tan luminosas como las que maneja el señor del escaño, lo verdaderamente necesario es que abandonemos proximidades perniciosas y olvidemos fraseologías recogidas de los periódicos sin amo: Lo importante, lo que cuenta es lo que viene de las fuentes, del manantial de todos los poderes, el cual dejó decretada para todo el período de mando una frase que debiera ser inscrita en todos los colegios, en todos los templos, en todas las sacristías y tabernas para ver de alcanzar la mayor influencia y es esa tan expresiva y tan decisiva que dice «se acuña el término de la España serena frente a la España crispada». Y es obvio advertir que cada uno de los interesados en la feria electoral se sentirá adscrito a la parte de la comunicación en la que se establece la hegemonía de la serenidad frente a la acritud, a la negatividad, a la crispación. Y de acuerdo con esta preferencia, el elector se inclina hacia la limpieza de intenciones. Y frente a las apariencias que se intentan mantener hábilmente escondidas se descubre el propósito difícilmente ejemplar de aprovechar la circunstancia del cargo para abastecer a la propia familia de cuantos beneficios se produzcan y convertir a todo aquel que no le sea familiar en energúmeno escasamente digno para la ocupación de un puesto a la lumbre. España -bien lo sabemos- es tierra de judíos y de impetuosos sicarios. Durante la semana santa al pie de toda clase de cruces, se sigue matando judíos y las señoras ministras elegidas por atender al cupo impuesto por la malicia siguen manteniéndose en el área del favoritismo aunque se hunda Cataluña o se inunde Andalucía. Y así no hay serenidad que valga.

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