El paisanaje
Ni frío ni calor
CERO GRADOS es lo que había esta mañana, de lo que uno deduce que todo lo referido al cambio climático es relativo, grado arriba o abajo. En el precio de la calefacción de mi casa influye poco, pero no vea usted cómo calienta de demagogia la campaña electoral. De momento Rajoy lo ha incluído entre los temas estrella de su programa y Zapatero impulsa «un nuevo contrato del hombre con el Planeta», así como suena, «porque éste es el desafío más grave que se cierne actualmente sobre la vida en la Tierra». Los que sólo contratamos con Iberdrola, ya sea por el radiador o ya por el aire acondicionado, tiritamos por el tamaño de la letra menuda de la factura globalizada hasta no saber, como diría Groucho Marx, quién va a firmar de parte de la parte contratante de la primera parte. y quien dice eso dice Hacienda. De momento el paisano Zapatero ha inaugurado unas placas solares en La Moncloa encima de otras que ya había puesto Aznar en el año 2000. «Podía haber puesto un molinillo eólico», ha comentado a los cuatro vientos el ingeniero del proyecto, «porque lo de hacerse sombra unos a otros para calentarse no furrula». Los políticos del siglo XXI nos están calentando el tarro como al negro del sermón, que acababa siempre con los pies fríos y la cabeza caliente. Ahorrar, lo que se dice ahorrar energía, es lo que hacían nuestras madres en casa siendo nosotros niños: se encendía la cocina bilbaina de carbón, como mucho otro brasero en la mesa camilla y, hala, a aguantar la helada con los calcetines de lana que había tejido a aguja la abuela, como mucho con unos calzonzillos marianos de felpa, tan largos o más como la cara que se le puso a Mariano Rajoy en las últimas elecciones. También ahorrábamos agua, como quiere ahora la ministra Narbona, de modo que sólo nos lavábamos los sábados para la muda de la misa del domingo y, si querías darte un baño, había que esperar al verano para meterte en el río. En cuando a la ducha, no se conocían más alcachofas que las de la huerta, así que hubo que aguardar también al butanero para quitar tanta mugre cuando éramos ya casi adolescentes. Los de mi quinta no sabríamos decir si aquello era bueno o malo para el Planeta, pero para nosotros no. En este tipo de demagogias gato escaldado del agua fría huye. Hay otro refrán que también podría aplicarse al dichoso calentamiento global, cuya lucha a la contra pretenden liderar ahora Zapatero y Rajoy. Aparte de que seamos los últimos de la Unión Europea en cumplir el Protocolo de Kioto -que firmó Aznar a lo tonto, según los de Cubillos de Sil, abrigados en la térmica de Compostilla- resulta que España sólo emite a la atmósfera el 0,5%, o un porcentaje parecido, del CO 2 que abrasa al globo. A mayores de que en el gasóleo de la calefacción se note poco, resulta que no lo han firmado ni China, ni Rusia, ni Estados Unidos ni la India, entre otras familias numerosas de la tierra. El refrán en cuestión, gratis para la ministra Narbona por si le sirve de provecho, es de bragas anchas maragatas y dice que «cuidados ajenos de los mis cojones cuelgan». Huele a elecciones y algunos mensajes y fotografías atufan, así que más vale abanicarlos como hacía la abuela con el brasero cuando nos entraba el sopor aquel del que, en cuanto te descuidabas, podías quedar dormido a lo tonto para siempre. No por gastar carbón, sino por la mala combustión de Solbes y del Gobierno. El carbón se acabó, el petróleo está a precio de oro negro, el gas a punto de explotar y, en tocante a la energía solar, este año no ha habido verano. En Francia hay más de cincuenta centrales nucleares, en Japón, donde algo saben de eso desde Hirosima, crecen como setas, en Estados Unidos y Rusia ni se cuentan y hasta Irán y Venezuela, que nadan en petróleo, quieren tener la bomba atómica, aunque sólo sea para darle candela y combustible a los vecinos. Parece ser que el Planeta se calienta sobremanera. España también, según el Gobierno de España, que está tan de moda estos meses en las cuñas publicitarias de radio y televisión. Quienes a su debido tiempo juramos bandera se las dejamos a Ibarretxe y Carod Rovira. Pero, puestos a tomarle la temperatura al país, lo que de verdad está que arde son las hipotecas, el paro, el terrorismo, la inflación, la seguridad ciudadana y el radiador del único coche lechera que tiene la Policía Nacional para apatrullar León estilo Torrente, el reuma de los maderos, cuya edad media supera los 53 años y el que más y el que menos anda también con la ciática, el precio del pan, el de la gasolina y, en fin, la leche de cosas contanto el precio de la leche. Si esto no es un calentamiento global, por lo menos se le parece mucho . A ver cuándo nos lo enfrían.