CRÉMER CONTRA CRÉMER

La Navidad cada vez más difícil

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VICTORIANO CRÉMER
León

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¡SEÑOR, SEÑOR, QUÉ dolor! Ni las de Campoamor. A este paso, y si Dios y Alá en unión no lo remedia, además de quedarnos sin Navidad y sus conmemoraciones, nos quedamos judíos y sin padrino ni turrón. Es cierto que así como las ciencias adelantan que es una barbaridad también las fiestas tradicionales, sean religiosas o laicas, se desvanecen o se acogen a otras demandas para cumplir el principio del cambio. Aquí el que no cambia acaba hablando lliunés. Y poco menos ocurre con la Navidad que se nos avecina o que ya ha pasado en el calendario personal. Porque cuando nos preparábamos en casa para la celebración de la Nochebuena, de la Navidad, de Reyes, de fin de año y de comienzos de alarmante que se nos anuncia, se nos descubre que es la época en la cual se comete con mayor frecuencia y en número superior a lo previsto por las partes interesadas el grave pecado de la práctica del divorcio. Nadie podía imaginar que los tiernos amantes que con tantísima ilusión acudieron a la llamada del amor, fueran tan descastados como para aprovechar fechas tan encendidas de fervores y de tradiciones como son las Pascuas Navideñas, precisamente para la práctica del pecado más condenable por la Santa Madre la Santa Iglesia católica, de aprovechar la carestía de la vida y de la cesta de la compra para divorciarse. Todas las señales nos anunciaban que precisamente este tiempo nuestro sí tenía una característica peculiar era la de aprovechar la seducción sacra del amor compartido para estrechar lazos sin necesidad de someter a la mujer a la ira irrefrenable e incivil de la destrucción de la parte más débil (al menos en teoría) de la parte general contratante. Al matrimonio o se va para permanecer en él hasta que la muerte intervenga y separe a las partes o se respetan los juramentos otorgados ante el cura de la parroquia y con la presencia de los padres de los contrayentes. Bueno, pues esta presunción del matrimonio como entidad digna de respeto, admiración y consenso, fue debilitando la fortaleza de las promesas ofrecidas como testimonio de amor, para derivar hacia la plaza abierta del divorcio, que es o parece ser, la fórmula a la que se acogen todos los equivocados de ruta. Y precisamente entre las señoras varonas o baronesas que aspiran a la separación de las partes se ha impuesto la norma novísima de derivar la práctica del divorcio como medio de liberación de la barbarie del varón indomado. Pero la sociedad, generalmente compuesta por un combinado armonioso de hombre más mujer, previniendo las dificultades que esta práctica del divorcio supone para generar motivos de amor y por tanto de multiplicación de niños para los Belenes, se adelanta hacia las candilejas de la antigua farsa para preguntar: ¿es bueno que las gentes se divorcien en Navidad? ¿Qué puede hacer la sociedad moderna para evitarlo sin necesidad por tanto de adquirir niños en Chad, por ejemplo? A este paso, la estampa conmovedora del Niño en el Portal, de los discípulos de la catequesis con sus letrillas y romances sobre los peces en el río y con sus cenas pantagruélicas y sus libaciones hasta la exaltación de los instintos, serán eludidos, evitados y cambiados por otras costumbres, otras devociones, otras formas de contrato matrimonial. A este paso decía, perderemos la Nochebuena, la Navidad, los Reyes Magos, San Silvestre y el matrimonio para toda la vida. Y la sociedad española y llionesa caerá en la tristeza adánica de Adán, sin mujer que llevarse al Paraíso para pecar deliciosamente... Y el mundo se transformará en un campo de soledad, mustio collado...

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