CORNADA DE LOBO
Menos
YA SÓLO quedan nueve mil agricultores en el surco cazurro. A mil por año que causen baja -y ahí le andamos-, dentro de nada ¿quién campeará?... Crecen baldíos, los adiles tiran a perpetuos, el barbecho se tienta o incentiva, se agostan las ganas, el subsidio llama a jubilación y ya no habrá que cantarle más el «que llueva, que llueva» a la Virgen de la Cueva o menearle el aire con pendones a la de Castrotierra, porque las amapolas no piden acequia ni requieren aguas mil. La agricultura de primor, la familiar y hortelana serán arqueología mañana, cuando todo sea planicie y maíz, monocultivos extensivos, cara maquinaria a maza y empleados a jornal que seguirán llegando de los allendes y pénjamos más impensables, hasta llegar el día en que el campo sea cosa de bancos y aseguradoras, más que nada; como ahora, pero sin esconderlo o engañarnos. ¿Son menos los pobladores de nuestros campos con afanes de excavar?... Menos lobos... y más roedores, porque los únicos que quieren con terquedad a este campo parecen ser los topillos. Se instalan y se multiplican como siguiendo una orden bíblica. Si doña Silvia no viviera en alguna nube untonómica desde la que todo es paisaje, vería que furacan y proliferan hasta en estos meses de crudeza invernal en los que, según aseguraban, se reduciría su población, morirían en gran parte, se les helaría el pizarrín y no fornicarían como posesos para procrear familiarmente como le gusta a Rouco. Los agricultores no han calmado sus alarmas. En los campos lebreros de Salamanca se levanta acta de lo terrible y aparecen muertas liebres en rosario de camas ensangrentadas; eso quiere decir que no han muerto de tularemia, sino del veneno sembrado urbi et orbi por todos estos campos del ratoneo, peste química con la que parece engordar la topillería, mientras diezma o arrasa a toda vida salvaje que se cruce ante la tentación de unos granos envenenados. Recuerda las tórtolas y alondras de Ceínos, difuntas de Dios perdone. O sea, que se ha hecho un pan como un hostión. Hay una teoría que junta la merma de agricultores y la dejada de campos en baldío pagado para explicar que fue ahí donde el topillo, sin estorbo y campo sobrado, empezó a encuartelarse para iniciar sus conquistas después.