CRÉMER CONTRA CRÉMER
La sublevación de los obispos
USTED PERDONE, MONSEÑOR, pero es que están ustedes, los obispos, de moda y sería una deslealtad y aun un ultraje, no atender a esta señal clara de actualidad. Porque de actualidad vive el hombre y de pan si se lo dan. Y no están los tiempos para la espera de la hogaza que traen los niños nuevos bajo el brazo. Y es que ustedes, monseñor, se enfrentan con los mismos episodios que conforman la arquitectura humana: Que si el pan está caro, que el aceite resbala, que si los precios de los artículos indispensables para la vida digna están tan por las alturas que solamente los ángeles podrían alcanzarlos sin riesgo de perecer en el empeño... Tal como se está poniendo la vida o tal y cual nos le están poniendo los unos y los otros, el hombrín de la calle, difícilmente consigue vivir como Dios manda, y si nos vemos forzados a vivir como las Santas Escrituras y su palabra, monseñor, también su palabra cuente, no nos redime, estamos perdidos. Por lo tanto y por lo cuanto la huelga pacífica y tumultuosa que han practicado días pasados en la capital del Reino, o sea Madrid, nos ha parecido absolutamente oportuna y necesaria. Se lo digo yo, que en mis años juveniles fui un especialista en movimientos protestatarios. Claro es que entonces el problema de la familia cristiana no era tal problema, sino una cuestión de catequesis y buena voluntad, sin que tampoco los dos o tres mariquitas que figuraban en el censo de la ciudad rompieran el equilibrio humano y sentimental de los habitantes de hecho y de derecho: los muchachos diferentes se dedicaban a la costura o a la venta de verduras de las eras y el obispo que nos protegía, cuando convenía a la mayor gloria de Dios y de la justicia, se arriesgaban en defensa de los perseguidos por la torpeza y las malas artes que se solían ejercer para poder vestir al desnudo, dar posada al peregrino y dar de comer al hambriento. Su manifestación pública, monseñor, ha sido esta vez lo suficientemente poderosa como para mover algunos de los movimientos humanos en estado de exasperación. Porque, monseñor, lo cierto, la verdad, lo escandaloso incluso es que un pueblo pacífico y cristiano, con vocación de demócrata, se vea asediado por sus obispos, y no sepan a que carta atenerse, dado que desde hace tiempo tiene la sensación de que le están haciendo trampas y muchos de los jugadores guardan un as en la manga. Y no lo digo ni por los señores obispos manifestantes ni por usted, monseñor, sino por lo torpemente que se me ocurre pensar que manejan los hilos de la gobernación eclesial y laica los otros y los unos. Y observe usted, monseñor, la circunstancia perfectamente comprobable de que el pueblo, pacífico, católico y protestante ante los hechos que se acumulan en la cartilla del racionamiento de la humanidad perseguida por los manipuladores de precios y de conciencias, no protesta. Pensamos que cuando los señores obispos se manifiestan y los precios de la vida suben y suben y suben, llegará un momento en que se pierdan en el infinito. Y nosotros con ellos. Por eso si sentimos cierta extrañeza por los movimientos promovidos por los sabios señores de la Curia no es porque nos parezcan desmedidos los actos montados ni la voluntad de protesta que encierran, no, sino porque en sus demandas, por la familia, por los matrimonios con todos los sacramentos y por la mala educación que están manifestando algunos de los asistentes a colegios, universidades y centros libres de enseñanza, no se hayan unido a la lista de amenazas como se ciernen sobre nosotros, los siervos del señor y víctimas de la ligereza de algunos responsables. Y como recuerdo todavía con cierta angustia cuando los compañeros del sudor y del hambre nos manifestábams sin que los monseñores siquiera elevaran su demanda de libertad, de justicia y de entendimiento entre los hombres de buena voluntad, es por eso, monseñor, por lo que nos parece incompleta su carta de protestas y de demandas. Que es o que era todo lo que solicitábamos del bondadoso corazón de ustedes, monseñor, y de los señores obispos.