CRÉMER CONTRA CRÉMER
La cesta de la compra
ENTRE LAS OCUPACIONES INEVITABLES que corresponden o mejor dicho que correspondían cuando la mujer estaba enredada a las labores propias de su sexo, está o estaba la vocación comercial de las señoras. Ir de compras era menester de mujer y hasta las niñas de catorce años aprovechaban todas las ocasiones que se le deparaban para ir de compras. Hasta tal punto se había impuesto entre el género femenino y tal vez también entre el neutro, que cuando las señoras de su casa y de casa ajena decidían abandonar la santa y aburrida costumbre, no solía ocurrírselas otra cosa que salir de compras. Y no porque la economía fuera lo suyo específicamente, sino porque los psicólogos estaban de acuerdo en acusar a la mujer de aficionada al gasto. Y claro es, cuando la sociedad comenzó a cambiar sus propios rumbos, lo primero que procuró fue empujar a la mujer al abandono del hogar, dulce hogar, por el puesto que tenía allí, a la vista, al alcance de la mano: Su emancipación. Y esta llegó solamente cuando dejando a sus niños en la guardería municipal y al marido, si le hubiere, a la busca del trabajo perdido, la dulce y benéfica compañera, se echó a la calle en busca de una ocupación retribuida que le permitiera sentirse libre. Porque vivir de lo que el hombre ganaba resultaba además de complicado imposible para una vida digna. Había que conseguir ingresos para producir gastos. Y la señora lo hizo tan ejemplarmente que precisamente por su tendencia hacia el gasto, con rebajas y sin ellas, la economía comenzó a resquebrajarse y a descender de modo tan apresurado que en poco más de un par de años, el chicharro, que era un pescado azul y barato, se puso al precio de la langosta del Cantábrico. Y allí, o para ser más exactos, aquí ha sido lo del rechinar de dientes, cada vez que por necesidad la señora coge la cesta de la compra y se lanza al mercado para encontrar alivio a sus graves males. Y los precios subieron de modo tan fenomenal que para alcanzar un litro de leche de vaca frisona hay que solicitar un crédito en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, ahora Caja España. Los buenos ciudadanos, siguiendo el ejemplo de los caníbales del Congo, que no comen más que carne y no la encuentran a sus alcances, comenzaron a apretar en el cinturón de castidad alimenticia hasta conseguir una generación de hambreados. Y la sola mención de «cesta de la compra» produce en los hogares tal espanto que ya no es posible mantenerse en pie por flojedad administrativa. La mujer, que se había lanzado esforzadamente, heroicamente a trabajar para nivelar el presupuesto familiar, comprobó que sus esfuerzos eran inútiles y que por mucho que apretaran sus cinchas los unos y las otras, la cesta de la compra seguiría convertida en un instrumento de tortura. Y emplazó al esposo, marido o compañero, según cada caso, a que en vez de jugar la bolsa se hiciera con la cesta de la compra para ver si la presencia de un varón, por lo regular habituado a toda clase de conflictos, conseguía abaratar los productos, sin necesidad de solicitar créditos ni de meter la mano en los cajones del pan común. Porque, según los analistas, el proceso absurdo, penal y traidor de los precios son el resultado del espíritu consumista de la mujer. Meta usted a la señora que le haya tocado en la casa y ocúpela con las tradicionales labores de su sexo y tendrá usted el equilibrio que busca en vano el señor Solbes. Porque según se nos anuncia, si no se produce un fenómeno en el cual están vinculadas las madres de familia agobiadas, durante el año que se espera del 2008 subirá todo, todo, todo. Y ya al cinturón o cincha de defensa del ser humano, no le quedan agujeros¿