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OCURRIÓ que, amén de estar contento en aquel 1989 por reencontrarse en la ciudad de León con viejos condiscípulos de la Residencia de Estudiantes y con gente renombrada que reunimos en aquella exposición de dibujos de García Lorca, don José Bello -amigo Pepín incluso para los que ni le conocían-, cumplió años el último día de estar entre nosotros, así que le aparejamos sorpresa dulce en la cena y él nos replicó el aparejo con una larga noche de copeo y mucha tralla, de risas, wisky y alguna melancolía mojada en el ojo, que es lo que tiene la noche estirada en confidencias (cumplir ochenta y cinco mete esas ganas). Al despedirle al día siguiente me confesaba que había sido el cumpleaños más feliz de su vida. Hala. Era halago exagerado, sin duda, pero tenía su certeza en el lagrimón que rubricó lo dicho: había sido un inédito reencuentro con los suyos, había sido un charlar inacabable en aquella cena de una veintena de gentes concelebradas, aquella sorpresa de tarta y regalito, aquellas canciones en alemán que José Varela entonaba y coreaba la vieja peña de fe krausista (los tiesos comensales del relais del San Marcos nos miraban escandalizados... o envidiando) o aquellas emociones verdaderas y abrazos al disolverse la animada sobrecena, tras la que muchos se fueron a la cama, mientras los bucaneros fuimos conminados por Pepín Bello a mover la noche. Quería dar su réplica. No hubo modo de rehúse. Estaba exultante Pepín. Cogió su máquina fotográfica y empezó el safari. A las tres de la madrugada se producían las primeras bajas y en el Plató de Marisa abandonaban la farra Barthe con Isabel, algún otro y el tonto del Baquedano. Bello no paraba de hacer fotos y quería retratarse con todos para recordar aquella cumplenoche (días después me mandó más de cien fotografías de la fiesta y del día que callejeamos todo León). Aún visitamos otras dos iglesias on the rocks y ya sólo quedábamos con él Marga Merino y el menda. Y otra hora más en mi coche a la puerta del Hostal rajando y rajando. A las siete y media de la mañana le dijimos ¡a la cama, Pepín!, nos rendimos. Al entrar al hotel preguntó ¿está abierto el bar? El conserje flipó. Y yo. Pues entonces súbanos dos botellas de champán a la habitación. Estaba claro que aquel hombre feliz tenía que vivir más de cien años... ¡ciento tres!

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