Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Las feroces elecciones

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VICTORIANO CRÉMER
León

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ERAN TIEMPOS DISTINTOS, no sé si mejores o simplemente de tonalidades domesticadas. Los candidatos que por entonces formaban parte de los grupos pretendientes solían comportarse con muy singular respeto, salvo ocasiones de prevención previa, y los aficionados a fines, también salvo situaciones no previstas por el mando, se solían comportar con un estilo o talante nada incorrecto. Defendían «lo suyo», es decir, los intereses que, como sucede en toda pugna electoral es a lo que se acude a estos encuentros, peros in sacar los pies de las alforjas y hasta aceptando la buena crianza y la brillantez de la educación recibida. De resultas de la tal formación civil y religiosa, los miembros de esta o de la otra partida electoral se contenían lo bastante como par ano pensar en una agresión ni siquiera verbal. Como las elecciones eran preferentemente actos muy civilizados, salvo los manipuladores del voto a tanto modesto la concesión, salvo los monitores de barrio, en León no solían producirse escenas fuera de tono, ni agresivas. Los electores, los unos y los otros, se limitaban, nos limitábamos a seguir las reglas, a dar constancia de nuestra presencia y del fiel cumplimiento del deber ciudadano que nos obligábamos y cerrado el plazo, los actores políticos se limitaban a intercambiar felicidad o reparos. Y las gentes libres ya del compromiso electoral, dedicaban sus mejores atenciones a las labores propias del sexo de cada cual, incluyendo las monjitas, que no perdonaban. El día de la fecha del acontecimiento electoral, se celebraban en las familias juntas o comités para el mejor entendimiento del suceso y para la más provechosa de la operación. Y se votaba a los socialistas de Carro, de Coque, de Nistal y por la otra parte contratante, se votaba a las derechas, sin dar más explicaciones. Eran, éramos todos gente conocida, que en resumidas cuentas lo mismo valía para una cosa que para la otra si se salva la honra y la gloria del vecino retrataba, porque se entendía entonces que todos éramos de León, «Contentos de ser de aquí» y no cabía fraseología alevosa por el aquel de la mayoría. Naturalmente que en algunos de los escarceos políticos que se suscitaban se levantaban cuestiones que locamente a golpes se solucionaban, pero sin sangre y a lo sumo para que el letrista de la época, Santos el Sastre, inventara coplas o mojigangas para cubrir los oropeles del Carnaval. Terminado el ceremonial y tomada pacífica posesión de sus puestos y cargos, la sociedad volvía a plantarse pacíficamente y a cuidar el rebaño de cada cual. las elecciones se cerraban en paz y en gracia salvo excepciones a la espera de que transcurrieran otros cuatro años de preparación para volver a montar el tinglado a la antigua farsa. para que los electores, siguiendo las sugestiones de los cabecillas de los partidos movilizaran a sus adictos. terminada la sesión política propiamente dicha, cada mochuelo volvía a su olivo, sin permitirse ni licencia de mantener rencores o de inventar travesuras. Eran elecciones de personas decentes, dignas y amigas de familia. ¡Joer, lo que cambian las cosas!

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