CRÉMER CONTRA CRÉMER
¿Y ahora, qué?
PUES QUE QUIERE usted que yo le diga a usted: Me pregunta ¿Y ahora qué? Y no sé a qué se refiere usted, aunque me parece que sus investigaciones se pierden en la lógica confusión de los tiempos. Ya hemos cumplido con el deber que nos estaba atribuido: Hemos votado como santos y en la medida que nos ha sido posible, por lo que a mí concierne, hemos cumplido con el deber cívico al que estábamos obligados. Cuando depositábamos el voto al cual teníamos derecho, hicimos un breve pero intenso examen de conciencia y nos hemos preguntado en la intimidad: «¿Se considera usted liberado?». Y no sé qué decirle. Porque el hecho de emitir el voto, que equivale a declarar por donde van los tiros políticos, no significa que vayamos a ser perdonados por tantísimas culpas como hemos cometido en el transcurso del tiempo cívico de la elección. Ahora bien, cabe asegurar que hemos votado a aquellos que a nuestro modesto entender suponíamos dotados de los méritos, títulos y voluntad como para cubrir aquellas necesidades que conforman nuestro vivir de cada día. No es que esperemos que los señores victoriosos en la gran refriega electoral, vayan a cumplir sus promesas, ni que sus intenciones reales vayan a ser la de perseguir la felicidad general de la tribu, que bien sabemos que, una vez cubierto el rigor de elector, no nos quedará otro modo de entender la biografía general del personal si no es buscando la sombra tutelar del ganador para que éste, teniendo en cuenta nuestra buena situación natural, nos acoja en su seno y tutele alguna de nuestras disposiciones, prestas a la obediencia. O sea, que a partir de este momento crucial en la historia política de España, mes dorado de marzo triunfante, la sociedad volverá a vestir sus uniformes y se echará a la calle por si en ella pudiera encontrar la suerte que tal vez, acaso, quien sabe, no tuvimos cuando, al pie de la mesa electoral y de las urnas, con la papeleta en la mano, se nos cuajó la conciencia¿ Y lo mismo que al llegar la primavera regresarán las golondrinas para ocupar sus nidos, así el ciudadano, una vez cumplido su deber como tal y ante la sociedad de la cual forma parte, regresará a sus oficios, a sus amores y desamores, a sus embites audaces para dominar la situación y regresará, regresaremos todos al ejercicio de nuestra función de ciudadanos de a pie. Y que los dominantes, los triunfantes, los victoriosos que no equivoquen los colores de su personal aventura política, porque lo mismo que hubo un tiempo feliz en el cual los dioses extendieron sus mantos protectores sobre nosotros, aparecerán los oscuros cúmulos que cubrirán nuestra vida de temores. Y no es que todo será igual al escenario que acabamos de abandonar, porque nunca sucede lo mismo bajo la luz nueva, lo que sí conviene tener en cuenta es que tampoco se producirá en la metamorfosis humana el cambio por el cual pelearon heroicamente los varones más egregios de la comunidad. Y ya se sabe: a quien Dios se la dio ni San Pedro conseguirá cambiar. «También sobrevivir es o puede ser una forma de castigo». (Sabater)