EL AULLIDO

La esperanza (Aguirre) es lo último que se pierde

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LUIS ARTIGUE
León

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LA POLÍTICA ES una pasarela que brinda modelos a la sociedad. Y en este sentido siempre nos han llamado la atención los modelos de mujer que la política presenta pues son, por lo general, de lo más reaccionario... ¿Paridad? ¿Cuotas? ¿Qué justifica que los modelos de mujer que la alta política nos ofrece por uno y otro partido sean por lo general ancianas anoréxicas, señoras con pinta de ser hijas de marqueses, falleras cuya habilidad gubernativa parece ser el hacerlo todo por cojones, abuelas rejuvenecidas quirúrgicamente que defenderían su bolsa de la compra con la vida, niñas pijas y así por el estilo? ¿Eso es todo? ¿Por qué la alta política le tiene tanto miedo a la belleza y naturalidad? ¿Por qué nos propone modelos de mujer tan «masculinos»? No se suele decir pero, mirada con atención, hay en la política, o más bien en el poder, una innegable costra de machismo que subyace debajo de todo. Así, en el fondo parece aún entenderse como algo masculino el tener dotes de mando y, en mi opinión, ésa es la razón por la que alta política nos ofrece esos modelos de mujer tan trasnochados. ¿Pero eso no lo dice todo de los hombres en política? ¿No vemos, al observar los modelos de mujer que nos proponen, que su feminismo y sus cuotas y su paridad no son más que una impostura? Personalmente cada vez tengo más claro que, por más que se diga cada día lo contrario, el poder es machista. Y sin duda es preciso y urgente acudir a las raíces culturales de este problema social, pues el machismo es una catástrofe principalmente cultural. Y todo demuestra ya que ha fracasado estrepitosamente ese modelo de hombre. Por eso, a pesar de que con sus actos la política nos invite a lo contrario, hemos de ser conscientes de que necesitamos evolucionar hacia una nueva forma de ser hombre. Necesitamos, en la política y en la sociedad, un nuevo modelo de hombre menos cuarteleramente contundente; un hombre más real. Un hombre menos influido por la épica y el cine que no se sienta obligado a ser más, a ser héroe. Un hombre que pueda y sepa mostrar también sus debilidades. Un hombre liberado de la tiranía de la aparente superioridad. Sí, necesitamos un más avanzado modelo masculino. Un hombre que sepa y viva sabiendo que ni la fuerza ni la debilidad son cualidades fijas. Un hombre consciente de que él tiene sus días fuertes y sus días débiles, como ella tiene sus días fuetes y sus días débiles. Un hombre capaz de aprender a cambiar de ritmo. Un hombre que crea en la flexibilidad y la relatividad. La siempre interesante psicóloga americana Share Hite lo expresa así: «El hombre nuevo presta su ayuda pues también él está dispuesto a cambiar la rigidez por la flexibilidad, el hermetismo por la franqueza, los papeles incómodos por la comodidad de no tener que representar ningún papel. La empatía que el hombre nuevo muestra para con la mujer nace de la aceptación de su propio modo emocional, intuitivo, sensible y humanístico de enfocar las relaciones. Ellos se permiten llorar, mostrar su vulnerabilidad, oponer sus fantasías y compartir su yo más íntimo». Ahora que en el Partido Popular luchan en guerra fratricida la mujer tradicional -mujer como reflejada en los ojos del hombre- y el hombre avanzado, liberal, cejijunto, elocuente, brillante y contradictorio, uno no acaba de estar seguro de quién representa a la masculinidad, y quién a la feminidad. Necesitamos evolucionar pero el lado carca se resiste. En fin, confiamos en el espíritu humano mucho más que en la política¿ La esperanza es lo último que se pierde.

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