Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Nuestro gozo en un pozo

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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NO ES PRECISO DECIR las cosas que conviene decir, alarmar ni declarar el estado de guerra total, solamente porque el peligro de quedarnos sin agua, en el dique seco y de que la escasa que relumbra en los charcos por la noche de luna, provoque la tremenda enfermedad de los lunáticos. El agua, históricamente ha sido siempre un elemento de gozo y solidaridad en la vida del hombre. Y cuando los cielos anunciaban sequía, todo el gozo de vivir se precipitaba en alguno de los innumerables pozos que se abrían en la tierra generosa de la Legio Séptima. Pero quizá por nuestros errores y pecados, lo que León tenía de rico en manantiales profundos, que enmendaban generosamente a las sequedades de una tierra histórica pero mártir y pobre, lo suplía y lo ganaba la industria rural de la construcción de pozos. De tal manera el pozo se hizo indispensable en la biografía leonesa, que en realidad no quedó un palmo de tierra de regadío o de secano, que no tuviera su pozo como medio al que recurrir cuando la naturaleza nos negaba la regalía de la lluvia. Cuando en León se mantenía la pertinaz sequía más allá de lo previsto para la naturaleza humana, se abría un pozo. Y la mismísima capital de los romanos acogía benéficas piscinas y se llenaba de pozos. Pozos en San Marcelo y en el Egido, pozos en La Corredera y en Santa Marina, pozos en toda la faz de la tierra nutricia. Pozos y fuentes heráldicas, municipales y monárquicas, fuentes que se levantaban en Botines o en San Marcelo y en la Plaza de Santa María de Regla y a las que acudía el enjambre sediento de las aguadoras con sus cántaras al costado o al cuidado de los asnillos de Carbajal de la Legua, con su carga de cuévanos con la ropa recién lavada y a punto de ser recogida por la clientela de la capital. La arquitectura leonesa estaba expresada como símbolo y medio de vida en todos los edificios, incluso en aquellos con aspiración de casona o palacete singular, o en los hondos patios de la vivienda prevista para la clase cuasi clandestina. Pozos en las cuevas de Puertamoneda y en los patios clausurales de la Canóniga Vieja. León, en suma, estaba construida sobre un mar silencioso y benéfico que cumplía con la ciudad suministrando aguas con pozo en todos los barrios. Pero los gobernantes responsables y ambiciosos de notoriedad les dio la vanidad por construir enormes jaulas para arrinconar gente y dado que la arquitectura de la ciudad, tan ancha y generosa, no permitía gozos ni alegrías urbanas se cegaron los manantiales y se cubrieron los pozos, dejando a la ciudad sumida en el desamparo, sin agua y sin tradición. Hoy, ya en las postrimerías de nuestra historia contemporánea, morimos de sequedad, de ausencia de aquellos depósitos de vida que eran, que son, los pozos y nos consolamos con chascarrillos en verso, cuando decimos: con lágrimas en los ojos: «Ay, que el Esla riega la tierra/ que el Esla riega el sembrado orlado de pinos/ que el Esla lame el convento de los Padres agustinos»¿ Pero ya sin chopos, el galgo del paisaje, sin pozos, sin agua, ay, sin agua¿ ¡Y la Cultural en Tercera!

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