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EL ARROZ trepa a las nubes, el trigo es para hostias y no panes, el maíz es más rentable que el opio... La crisis, puta como ella sola, empieza mordiendo el pan del pobre. Los precios se disparan y los que trafican y especulan con granos y alimentos ponen ojos como platos que son ceros añadidos a su ganancia delincuente: resurge de nuevo el acaparador... en una empresa china con muchos chinos apilando sacos, quizá junto a quince silos como catedrales en alguna provincia ucraniana o argentina... en el despacho de un rascacielos de Yakarta o disimulando algún orgasmo en la Bolsa de Chicago, la que mueve y marea los cereales del Planeta y sus precios, poniéndoles, como ahora, un cohete en el culo. Cada parpadeo de esos ojos dichosos de acaparador suena a campanilla de caja registradora, pero alguien tendrá que rogarle que los cierre sólo un instante y se imagine la cara de un niño indonesio, somalí, indio o boliviano pidiendo pan para mojarlo en sus lágrimas y, así, poder soñar que la suya sea al menos una miseria con sopas. Pero no cerrará los ojos vigilando la voraz pación de su caja. Y se explica: él no tiene la culpa de ningún drama humano, las cosas son así, está a lo que manda el mercado, es una pieza más de la trituradora molinera y no renuncirá a la fortuna legal. Por eso almacena y retiene, acapara y desbastece... para que los precios ya disparatados alcancen rango de locura, ganancia delirante. Han puesto el arroz, el trigo y el maíz en los estantes más altos del tinglado, allí donde jamás alcanzará la muchedumbre pobre, resignada y hambrienta que mandamos a la cara oculta de nuestra luna económica o a los cimientos de nuestra fábula financiera. Porque es viejo el truco de acaparar cereales. Ya fue estrategia política y despótica de sátrapas y faraones, de la canalla feudal de señoríos y monacatos comendatarios o de la dictadura despiadada del mercantilismo sin dios. Cuando al acaparador le dicen que los precios lanzarán a millones de gentes al precipicio del hambre que mata, ¿se le hará un nudo en el estómago o se le abrirá de par en par, ahora que se sienta en la mesa de Epulón?... Que la maldición del pobre le persiga hasta el otro mundo. Y que los cielos me perdonen si pido que se cumpla un deseo: que las lágrimas del hambre inunden su andar y le pudran los pies.

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