Otro perro
ANTES, la gente tenía perro. Hoy, en muchos casos, el perro tiene a la gente. Antes se le paseaba; ahora es el perro quien pasea al dueño... le manda a comprar comida, le pide correa larga, le reclama mil atenciones... y lo consigue de mil amores. Antes, el perro de casa dormía en el zaguán o el corral, vigilaba la noche, iba con el ganado, se le llevaba a cazar. Hoy, se libró el perro de intemperies y el que se empadrona en la ciudad vive regaladamente, ya no tiene que trabajar el mendrugo o el hueso de roer. Su empleo es hacer compañía... y como cumple ese cometido con más ánimo y lealtad que muchos de la familia, el perro es tenido por cosa más de casa que un cuñado o el abuelo en su rincón. Al perro, sólo al perro, se le consiente que nos robe el sitio en nuestras inviolables distribuciones territoriales del salón, esa plaza que no se rinde. También es cierto que, lo mismo que le reímos su maldad ingeniosa y le hacemos fiestas en la pelambre, paga también irremisiblemente nuestras tensiones y desdenes cuando navegamos en un día atravesado... que también este es el país del ¡chito, fuera!... y a veces con patadita, que es patadón si se trata del perro del vecino, al que curiosamente siempre se le odia casi tanto o más que a él. ¿Por qué ningún perro del vecino suele caernos bien?... Aunque también es cierta aquella frase de «cuanto más conozco a mi vecino, mejor me cae su perro». El perro es amigo. El mejor, dice el tópico. Pero, como los amigos, los hay de todo pelaje y disposición, pesados, zalameros, entregados, chantajistas, tacañetes... Pero viviendo a nuestro lado, ya es de la familia. Se nos duerme a los pies o se nos enrosca en el corazón. Y en alguna ocasión, brinda la tragedia. Tiene que haber, por ejemplo, alguna explicación de por qué las desgracias caninas no vienen solas y por qué los cardenales mueren de tres en tres. Porque otra vez en pocos días un perro se puso delante del peligro para abrirle a su dueño las puertas de la muerte; esta vez, en el río, este Bernesga atrincherado. Un muchacho está ahora en coma. Quiso rescatarlo de las aguas. ¿Cómo dejar morirse a tu perro sin que el cerebro ciegue la prudencia e invite a la temeridad, como a esa otra mujer berciana ante el tren?... ¿Nos pediría el cerebro hacer lo mismo por una gente desconocida?...