CRÉMER CONTRA CRÉMER
Tiempo de damas
ESTO ES como cuando Cleopatra mandaba en Egipto y nadie se bañaba en el Río Nilo si la más bella de las mujeres de la época no lo permitía. Y algo parecido sucedía en Francia cuando la Pompadour hacía y deshacía mostrando sus encantos. Y para no dejar a España sin jugar su carta, recordamos a la Princesa de Éboli, a la Monja Alférez y la gallega María Pita. De la mujer propiamente dicha se solía afirmar que nunca aparecía un gran hombre en la historia que no tuviera delante una hermosa mujer. Y se añadía que cuantos desastres se producían, la mujer no era ni responsable ni sabedora de la torpeza del esposo más o menos coronado. El varón, después de la prueba de las mujeres de armas tomar, se hizo con el poder y hundió en el descrédito y en la esclavitud a la mujer, salvo cuando ésta conseguía enamorar al Marajah de Kapurtala, por ejemplo. Durante años, quizá siglos, la mujer ha aparecido como la gran sometida, hasta que llegaron los socialistas moderados conquistando al poder y comenzaron a cubrir los puestos de responsabilidad y provecho con damas estupendas. Y se empezó a gobernar con espíritu de conquista, abandonando al varón, ya gastado en inservible en la cuneta del paro. Y fueron ministras y Directoras Generales y alcaldesas y jefas y señoras de los partidos políticos, las damas. Y señoras y señoritas, hasta el momento histórico que registramos absolutamente desconocidas, dedicadas al cuidado de los niños y al trabajo social y doméstico fueron haciéndose cargo de los puestos que tenían allí que se decía cuando no había señora que soñara entonces con ocupar el puesto de alcaldesa de Villasimpliz de los Cantos, por ejemplo. Y precisamente cuando comenzaba a alborear el tiempo de las Damas, o sea ahora y en la hora de los socialismos laicos y del glorioso real Madrid, cuando ya unos y otros parecíamos conformes con lo que teníamos, llegan los fuertes vientos de la política y todo se cambió. Y la mujer, la bellísima adolescente de nuestros extravíos sexuales y la parteadora de nuestros hijos, entró en la política como el General Pavía y el guardia civil Tejero entraron a saco en el parlamento español. Y desde la señora vicepresidenta De la Vega, hasta doña Esperanza, emperatriz de Lavapiés, se pusieron delante de los machos torpes y cogieron los mecanismos del mando. Y los partidos comenzaron a moverse extrañamente anunciando más de un desbarajuste nacional, no porque fueran señoras las que ocuparan los puestos de responsabilidad, sino porque los hombres, los caballeros de capa y sombrero declararon que ya no estaban para manejos políticos. Y dejando a Gallardón de viaje y a Don Mariano casi en el arroyo, brotaron hembras como María San Gil o como Narbona y se cubrieron los cupos políticos con hembras de tronío político y social y en esas estamos, sin saber todavía si las señoras cederán en sus demandas o los varones tomarán el camino de los azarosos emigrantes.