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HABRÁ obispas algún día. Nadie lo dude. Por ahí van los tiros y las mitras. Lo que se ata en la tierra... Y podrán casarse los curas. Ya lo hacen los maronitas, que son católicos y Roma ni reburdia contra ese su derecho histórico que acata. Así que, por lo mismo que la mujer del capitán es coronela, la mujer de un obispo será cardenala. Están abriendo senda los anglicanos, a los que Roma reconoce la validez del orden sacramental de sus sacerdotes porque sus obispos jamás perdieron la virtud apostólica de consagrar y, aunque se consumen cismas, ordenarán a una mujer obispa. Es cuestión de tiempo, minutos. Roma se santigua. vade retro. Ni siquiera una mujer podrá ser cura. Diaconisa, quizá (y si aprieta la galopante merma de clero). Pero ¿no valía Teresa de Ávila más que treinta obispos de su época y el doble de ésta?... ¿No valdría para obispa Catalina de Siena siendo doctora de la Iglesia?... Si las mujeres acompañaron a Jesús en toda su vida pública, ¿sólo lo hicieron como criadas?, ¿no eran parte del colegio apostólico, sólo discípulas?... Dicen los anglicanos que en los evangelios nada asegura que pueda excluirse a las mujeres de la tarea eclesial y la propagación de la doctrina. ¿Y fue casual que, tras resucitar, Cristo eligiera primero a las mujeres para aparecerse y no a los apóstoles?, uno de los cuales le vendió, otro le negó hasta hartarse y el resto se desangeló volviendo a sus cosas, roto el sueño de un reino con cargos o ínsulas. Sin embargo, los apóstoles eran ante todo judíos. En la sinagoga de esa religión no caben rabinas. Pero ¿quién puede asegurar que no hubo mujeres en la Última Cena? ¿Quien cocinó el cordero pascual, horneó las tortas de pan soso, sirvió la mesa y fregó los platos? ¿Es que no cenaron? ¿No tuvo Jesús para ellas algún mensaje especial, una última despedida?... No, no había necesidad. Era la cena de la mayor fiesta hebrea, la Pascua, y necesariamente ellas estaban allí; quizá aparte (costumbre entonces y aún hoy en muchas culturas meridionales), pero en la misma estancia. Y todo lo que allí se dijo, ellas tuvieron que escucharlo, con ellas iba. No pudo ser de otro modo. Los anglicanos insisten, no se apean. Lo único que pasó es que las mujeres no sabían escribir, ni decidían, así que fueron ellos, sólo ellos, quienes escribieron lo sagrado o lo dictaron.

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