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VICTORIANO CRÉMER
León

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LO CONTABA EL ABUELITO a los nietos asombrados: En la España heróica y galante se podía hacer el recorrido de León-Algeciras sin necesidad de poner el pie en el suelo. Tan pródigo y verdeante estaba. Y cuando el filósofo Ortega decidió hacer la ruta jacobea laica, al cruzar la línea Castilla-Asturas, al igual que cuando el viajero curioso rompía la magia de la línea divisoria de la Galicia del Obispo Gelmírez con la sede del obispín Álvarez Miranda, compuso la célebre parábola del chopo como "galgo del paisaje" y al pasar por León, precisamente, se detuvo extasiado ante el rumor de los ríos sombrados por la vegetación cuajada de verdor y sonora de pájaros cantores. O sea que en los tiempos del abuelito España era diferente, como afirmara el todavía pujante político Fraga Iribarne... Pero a las tierras, las aguas y los vientos, como los seres humanos les llega inexorablemente su San Martín, cuando cumple, y fuera por la crueldad de los elementos o por la dejadez y miserable capacidad de destrucción del ser humano, el país fue devorándose a si mismo, lentamente, hasta que desaparecieron poblados y los árboles y las plantas se convirtieron en motivos de belicosa guerra contra los mundos, en forma de incendios o de guerras. Y al cabo de unos pocos años lo que fueran feroces territorios para la libertad de las bellas bestias de prados, alamedas y frondas donde el urogallo emitía su poema de amor, entre fragantes arboledas y florestas, se convirtieron en campos de soledad, sin aves cantoras, sin fragantes frondas, iniciándose el triste cuadro nacional de por ejemplo, la Almería cinematográfica de los desiertos. Los hombres y las señoras responsables de la época, ante tan despavorido aspecto del país, consagraron el Día del Arbol, que consistía en una especie de juegos florales con versos y prosas muy nutridas de doctrina, movilizándose los niños de las Escuelas para que dirigidos por sus maestros, plantaran arbolitos y cuidaran la animosa estampa de los árboles, galgos del paisaje. España recobraba su real y verdadero aspecto, hasta que dieron en aparecer en la panorámica del delito, los incendiarios de España. Y resultó la situación y el riesgo de morir de sed sin ver una flor en toda la vida del cristiano, que no hubo más remedio que tomar en serio el desmán de los incendiarios y de la nación abrasada y para superar y dominar la crisis -¡otra crisis a la vista!- los responsables del frente de los mandos sugirieron la repoblación de España plantando árboles. El Gobierno, consciente de la importancia que el chopo, el castaño o el roble tienen en la biografía humana, programaron la plantación de 45 millones de árboles, lo que movió a la santa oposición a plantar otros arbolitos, donde dormía el pavo real, en una cantidad no inferior a las 60.000 plantas, con lo cual se pretende, sin duda, cubrir más de 600.000 hectáreas de parques nacionales, borrando del cuadro la pintura tenebrosa de los territorios abrasados. Nadie sabe si este impulso creador influirá en la superación de la desertación económica que nos abruma, pero algo es algo y más vale arbol plantado que mirlo volando.

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