Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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ABRIMOS este mes de noviembre con el Día de Todos los Santos, de obligada visita, desde tiempos inmemoriales, a los cementerios donde reposan nuestros seres queridos, y la celebración, el domingo, de la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. Deberíamos preguntarnos alguna vez con sinceridad y con profundidad el por qué de todos estos ritos. Si lo hacemos por mera tradición, porque nadie nos señale con el dedo, o si lo hacemos porque realmente creemos que la Resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, porque estamos convencidos de que, por el Bautismo, nos injertamos en su muerte y en su vida, participando de su misma suerte. Los cristianos no sólo esperamos un más allá indefinido, sino que esperamos con y en una persona, Cristo, con la fuerza que nos viene del Resucitado, vencedor de todo lo que ata y destruye al hombre. Por eso, aunque, ante el recuerdo de las personas que hemos tratado y amado en esta vida, haya siempre un halo de nostalgia (lo cual quiere decir que tenemos corazón y que los demás nos importan), tiene que prevalecer la esperanza de saber que «la muerte no es el final del camino». San Agustín lo expresa de una forma muy profunda: «Dios te ha prometido que vivirás eternamente. ¿No lo crees? Créelo, créelo, pues es más lo que ha hecho que lo que te ha prometido. ¿Qué hizo? Morir por ti. ¿Qué prometió? Que vivirás con Él. Es más increíble que el Eterno muera que el mortal viva eternamente. Pues bien, lo más increíble ya ha sucedido, Dios murió por el hombre; entonces, ¿no ha de vivir el hombre con Dios, no vivirá eternamente el hombre mortal por quien murió el que vive para siempre? El Verbo se hizo carne para ser cabeza de la Iglesia. Algo nuestro ya está arriba, en el cielo: la carne que aquí tomó el Verbo, la carne en la que murió, en la que fue crucificado. Tus primicias te han precedido, ¿y todavía dudas de que tú has de seguirlas?» La vida de aquí abajo no es un camino hacia la muerte, sino hacia la vida, hacia la luz, hacia el Señor. La muerte, comenzando por la del pecado, puede y debe ser vencida. Recemos por nuestros hermanos que nos han precedido en el camino de aquí abajo, combatiendo «el buen combate» de la fe, y pidamos para ellos: «Dales el eterno descanso, oh Señor, y brille para ellos la luz perpetua». Así los recordamos para que se encuentren en el descanso, estén en la paz, para que puedan gozar los frutos de sus fatigas y de sus renuncias, para que sus sufrimientos no hayan sido vanos. Siempre me han impresionado las palabras de Jesús en el evangelio de Juan, en el umbral de la Pasión: «Voy a prepararos un lugar». No es que nosotros tengamos que asegurarnos nuestro «retiro celestial» a base de cotizar a un extraño sistema de «seguridad social celeste». Para cada ser humano Jesús ha preparado un lugar junto a Dios. La muerte no es, por tanto, el ocaso de la vida, sino la puerta de acceso al encuentro definitivo con Dios, a la vida plena. Por eso, me parece que la súplica más simple y profunda es pedirle a Dios que así como nuestros hermanos y hermanas han compartido ya la muerte de Cristo, compartan también con él la gloria de la resurrección. Le pedimos que se haga realidad en ellos el sueño de Dios: que Él, por tanto, purifique, perdone, complete las existencias de nuestros seres queridos y de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección.

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