CORNADA DE LOBO
A la bodega
DICEN que Samuel Torices está loco, pero sin llegar a colifato, aunque también filosofa. Ya tiene su edad, una pensión pasable, la renta de un piso en alquiler y una parcela con caseto que acabó en casita a quince minutos de la capital. Allí goza de una salida propia, de una huerta sobrada y de un veraneo módico y de privilegio. Su mujer, Avelina Lanza, es arregladina, afanosa y con les pates coloraes como las de Cangas de Onís, pero con tobillo de perdiz. Manda lo suyo. En el resto, Samuel. Tienen tres nietos de dos hijos, uno en Barcelona y la otra en Valladolid, norma de estos despoblamientos. Cuando compraron la parcela hace treinta años lo hicieron en dirección contraria a la que les trajo del pueblo; montaña de la Tercia, ella; de Valdelugueros, él. Y se dijeron... a la ribera del Porma, agua a borbotón y sol de cuchillo, vaya huerto. El caseto lo recrecieron en el 91 y se aprovechó para excavarle un sótano bodeguero de mucho pedazo que se llenó de estantes y guariches con dos mesas matanceras donde se hacían en su día merendorras de verano cuando los nietos eran guajes y venían todas las vacaciones. De los varales cuelga nada y un pedazo de costillar curado que ya es fósil. No lo tiran a los perros para que siga haciendo paisaje. Pero los estantes están llenos de botes, frascas y tarros. Avelina lo ha embotado todo este año (últimamente estaba dejada). Hay botería de tomates y pimientos, horcos a esgaya y patatada de tonelaje como para cruzar una guerra. Y más. Desde hace dos meses, Samuel y Avelina acopian; parecen «corredores de bolsas» saliendo del súper; conservas, lo que más. Lo apilan en la bodega. Están alarmados con lo que dicen que viene y tienen muy grapadas en su memoria espantada las hambres caninas de una postguerra piojosa... así que hacen previsiones y provisiones mientras cada mañana les enciende las orejas y les incendia el horizonte el profeta Fegueguico pintando apocalipsis desde su púlpito gótico en las ondas benditas. Ellos tranquilizan algo su alarma pensando que al menos sus nietos no pasarán hambre si vienen crudas o racionadas. «Y compra vinos caros, Avelina, que siempre se revalorizarán en tiempos de escasez... o me los bebo yo antes de que se lo fumen los bancos».