Diario de León
Pedro García Trapiello

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LA burguesía ovetense fue tenderona por naturaleza y provincianamente pretenciosa por querer lucir el abolengo en que se empeñan los que son de anteayer, de estraperlo o de matute. Mayormente no es una burguesía culta. Esto es cosa de los catalanes y poco más. Pero Oviedo montó su temporada de ópera y, aunque un montón de ellos tuvieran la oreja como alpargata y su noción musical no pasara de la gaita, sacáronse su abono en el Campoamor para ostentar soportando el gorgorito de la divina lírica... luciendo abrigo. Tampoco León tuvo burguesía culta; casi, ni burguesía, que lo era de diez minutos por ser nieta de algún pueblo con feria o hija del mostrador. Los apellidos con algún tintineo a duras penas sostuvieron la honra y la bolsa dos generaciones seguidas (¿quiénes son los pobres?... los nietos de los ricos). Las partijas de la herencia trillan la hacienda. Para impedirlo y no desguazar el patrimonio o el negocio, los catalanes inventaron la figura del hereu. Aquí, al hereu se lo comerían con perejil y cuñada ante los tribunales sus propios hermanos. Y jamás se comprarían una entrada para la ópera, aunque imagino al ovetense de blusón que tenga que hacerlo reburdiando en la butaca y sintiéndose más a gusto en una espicha o barrenándose la oreja con gaites y soñándolas en ese teatro donde sólo suenan cuando vienen los príncipes con sus premios, así que hube de acordarme de aquel artículo que publicó en la prensa de Oviedo Gustavo Bueno que infló muchas pelotas provincianas y gaitas nacionales. Fue hace algunos años, cuando Asturias estaba ametrallada por una insistente pintada: «Bable nes escueles». Y el filósofo tituló su invectiva «Y gaites nes orquestes». La chufla envenenada de este profesor es provervial. Y la chufla piquituerta de algún concejalín cazurro, también, al querer meter la gaita en el coro y en el corro untándola con grasa pública, oficializando la gaita como sonido leonés de toda la vida. Mira que ha sido puta y bailona esta vida, pero jamás se la vió meciéndose a gaitazos, sino con dulzaina o pandero viudo, chiflo y parche... ¿ánde se vieron gaitas, rapaz?... Esas ubres del leonesismo colocao me recuerdan la copla que cantaba al final de cuchipandas Julio el de Villarrodrigo: «Yo, que no tengo tetas, como vusotras ... me se cae el pandero hasta las pelotas»...

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