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EL FINAL del mes de noviembre nos ofrece el inicio del año litúrgico, con el primer domingo de Adviento. El Señor nos invita «porque andamos mal todavía» a cambiar de vida, y a hacerlo con la confianza de que en esta aventura personal y eclesial no estamos solos: Él mismo camina a nuestro lado. Si bien es verdad que este domingo nos recuerda el horizonte último de la historia, no es menos verdad que ese horizonte se va tejiendo en los días de nuestra vida. De ahí la oportunidad de unas palabras de san Bernardo que no debiéramos perder de vista: «Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo».
Se nos invita a la vigilancia, pero ¿sobre qué hay que vigilar? Sobre los signos de los tiempos. Hoy la sociedad ha tomado sus distancias respecto de Dios y de la Iglesia. La Iglesia crece y disminuye simultáneamente por zonas. Hay progreso y retroceso. Vagabundos fuera de los caminos del Señor, como en tiempo del profeta Isaías, secularización, empobrecimiento progresivo. Luego, el reconocimiento de la propia indigencia y la necesidad de la intervención de Dios para no trabajar en vano. Tal es la confesión y oración de Isaías que debemos hacer nuestra. Hay tendencias a hacerse un credo propio para uso personal, una moral propia para uso del «hombre liberado de tabúes» y un culto propio para las horas de necesidad, cuando no un sistemático alejamiento de Dios... A esta sociedad liberal y liberalizada de «tabúes religiosos y morales» hay que preguntarle si es de verdad libre y si crea de verdad un mundo más libre, más justo y fraternal. Cuando se excluye a Dios de la conciencia, el encuentro de los hombres es un encuentro de egoísmos. Cuando se excluye a Dios de la sociedad, se termina por excluir al hombre con sus derechos inalienables. Si nuestras alegrías son efímeras y nuestros sobresaltos permanentes, es porque Dios no es el compañero de penas y alegrías en nuestro caminar.
Vivimos la tensión entre el presente y el futuro escatológico, entre la realidad y la utopía, entre el ya y el todavía no. Creemos que Cristo ya ha venido y está siempre con nosotros. Ésta es una verdad maravillosa, de la que hemos de ser cada vez más conscientes. No estamos suficientemente despiertos para descubrir esta presencia divina en y entre nosotros. Pero Cristo aún tiene que venir y tenemos que seguir preparándole el camino. La venida en Navidad sabe a poco; es sólo un anuncio. Él ha de venir de manera plena y victoriosa, cuando sea la victoria del amor, cuando lo sea «todo en todo». Hemos de preparar y adelantar esta venida. Eso es el Adviento, no como tiempo determinado, sino como actividad permanente.